Por David Moreu

A pesar de que el éxito de la vacunación masiva y que las cifras de contagios cada vez menores están ayudando a volver a cierta “normalidad” social y económica, el impacto real de la pandemia todavía es difícil de medir en términos de salud mental. Por este motivo, los organizadores de la XXXVI edición de las Jornadas de la Revista Catalana de Psicoanàlisi han considerado que sería de interés profundizar en cómo la Covid-19 ha alterado nuestra cotidianeidad: Hasta qué punto ha representado la destrucción de unos proyectos, de unos estilos de vida y de esperanzas, al mismo tiempo que puede representar una oportunidad para cambiar, evolucionar y estimular nuestra creatividad para crecer y transformarnos. Uno de los ponentes será Sergio Ramos Pozón, doctor en filosofía y máster en Ciudadanía y Derechos Humanos (Bioética y Éticas aplicadas). Hemos hablado con él para conocer su experiencia personal durante el confinamiento y sus reflexiones sobre las consecuencias presentes y futuras de la pandemia.

 

Le propongo remontarnos a los inicios de su trayectoria profesional. ¿En qué momento de su carrera confluyeron la filosofía, los derechos humanos, la bioética y la salud mental?

Los inicios de mi interés por la salud mental proceden de “juventud”. De hecho, fue gracias a la profesora que tuve en la asignatura de psicología en el bachillerato. En esa época me llamó muchísimo la atención la salud mental, concretamente la esquizofrenia. Mi trabajo de síntesis fue sobre ese diagnóstico y tuve la oportunidad de poder entrevistarme con un psiquiatra, Carlos Franquelo, que me orientó en lecturas y en una mínima explicación sobre la temática. Probablemente gracias a él surgió ese verdadero interés por las enfermedades mentales. Pese a que tenía intención de estudiar psicología, por diversos motivos acabé estudiando filosofía en la facultad y, gracias a la Dra. Begoña Román, descubrí la ética y la bioética. Fue durante esos años de estudio en los que rápidamente me interesé por la bioética y la salud mental interrelacionadas e hice una tesis doctoral sobre ello, nuevamente con la supervisión de “mi profesora” Begoña Román.

 

Participará en las Jornadas de la Revista Catalana de Psicoanálisis hablando del tema “pérdidas y transformaciones” en relación con la pandemia. ¿Cómo vivió usted los meses de confinamiento?

Fueron semanas un poco duras porque en casa convivimos con nuestros queridos hijos de 3 y 5 años. Fue un poco estresante para todos. Ellos no entendían muy bien la situación… y nosotros tampoco, seguramente. Además, teníamos que seguir con nuestras obligaciones como docentes. La verdad es que no tuvimos demasiado tiempo para parar y pensar sobre qué estaba sucediendo. El estrés, el cansancio y la desorientación probablemente contribuyeron a ello.

 

Esta situación puede que nos ofrezca la oportunidad de cambiar cosas y no repetir errores del pasado, aunque muchos se aferran a la idea de “vuelta a la normalidad”. ¿Cree que vivimos en una sociedad con miedo al cambio?

Sí, sin duda. Nos hemos resistido muchísimo a ponernos la mascarilla, a romper con nuestros hábitos de ocio y hemos tenido ganas de seguir haciendo el día a día. Probablemente, la “nueva normalidad” tendrá que adaptarse al virus que, aunque ahora gracias a las vacunas estamos muchísimo mejor que en las primeras olas de la pandemia, hace que tengamos que reconstruirnos, readaptarnos y reinventarnos. Así lo han hecho el ocio, las formas de comprar, de convivir, etc.

 

Uno de los efectos más evidentes que han tenido la pandemia y el desconfinamiento ha sido la migración de mucha gente fuera de las ciudades. ¿Cómo debería reformularse la vida urbana?

Parece ser que todas las directrices para salvaguardar la salud, evitar la propagación del virus y, por tanto, los contagios indican respetar las distancias sociales, llevar mascarillas y, sobre todo, promover la vacunación. Habrá que ver hasta dónde llega el “pasaporte covid” y en qué contextos se solicita para poder acceder.

 

Otro efecto de la pandemia han sido las iniciativas de carácter comunitario, muchas veces dentro de la economía circular. ¿Qué tipo de política puede entender esta manera de hacer las cosas?

Desde mi punto de vista, creo que lo primero que hay que reformular es el día a día, volver a las costumbres de antes (en la medida de lo posible), a las rutinas, a las actividades de la vida cotidiana que por diversos motivos se han visto modificadas o suprimidas. Incentivar y potenciar la convivencia y restructurar la vida cotidiana pasa también por la necesidad de instaurar políticas macro. Eso significa ayudas económicas y sociales a los más vulnerables, más inversión en lo sanitario…

 

¿Cree que el sistema sanitario español ha sabido cuidar a sus profesionales hospitalarios en este momento de colapso? ¿Ha habido espacio para el duelo?

No, desde luego. Sabemos que la depresión mayor y el trastorno de ansiedad han aumentado un 28% y un 26% respectivamente. Parece ser que estos profesionales de nuestro país han tenido un empeoramiento de su salud, con malestar y deterioro físico, mental y emocional. Han padecido burnout, dolor, fatiga y la sensación de “no poder más”. Un porcentaje considerable de casos ha necesitado ayuda psicológica. Probablemente, no ha habido un espacio idóneo para el duelo.

 

La gente ha vivido la pandemia desde los medios de comunicación y desde sus propias casas. ¿Cree que se ha hecho una cobertura mediática acertada de la pandemia desde el punto de vista ético?

Por un lado, hemos sufrido un colapso de información, una “infoxicación”, debida a la abundante información que recibíamos en muy poco tiempo y sin espacio para digerirla. Esto significó una “infodemia”, generando desconcierto y desinformación. Los mitos, las falsas creencias y las ideas conspirativas comenzaron a proliferar en la sociedad. Todas ellas son las que habitualmente se conocen como fake news. Las teorías conspirativas y los grupos de negacionistas no tardaron en aparecer. Por otro lado, en el propio domicilio hemos sufrido de diversas formas: ruptura de las actividades cotidianas y de los horarios, estrés por intentar hacernos cargo de nuestros familiares y, al mismo tiempo, compaginar la vida laboral (teletrabajo), violencia doméstica, etc. Desde un punto de vista ético se cometieron graves errores. Seguramente, el más trágico fue el de los triajes discriminatorios por motivos de edad o discapacidad.

 

La pandemia ha puesto en evidencia los problemas de base de nuestra sociedad. En términos filosóficos, ¿es necesario tocar fondo para resurgir con una nueva mentalidad?

Lo más dramático ha sido el tener que darnos cuenta de la vulnerabilidad de las personas, de lo indefensos que podemos ser y estar, y de lo mal que habíamos estructurado y planificado ciertas áreas, como la sanidad y los servicios sociales para los más vulnerables, pese a que se venían reivindicando desde hacía tiempo.

 

Diversas noticias hablan sobre las consecuencias vinculadas a salud mental de la pandemia y ponen a los jóvenes y adolescentes como principales afectados.

Efectivamente, hemos visto un aumento considerable de jóvenes que, debido al cierre de las escuelas, a las restricciones de la vida social o el desempleo han padecido adiciones, intentos de suicidio, ansiedad, etc. Lo único que creo que podría recomendar es paciencia, comprensión y empatía.

 

A lo largo de la historia ha habido muchas otras pandemias y las sociedades han logrado sobreponerse a todos los problemas. ¿Se atrevería a hacer alguna predicción de futuro?

Ya hemos visto que en muy poco tiempo la globalidad puede verse alterada. Así que prefería abstenerme pues con certeza erraría en el intento. Lo siento.