Por Elena Fieschi

El pasado 17 de septiembre tuvo lugar el Acto Inaugural del Curso 2021-2022 de la Sociedad Española de Psicoanálisis con una conferencia titulada “Emergencia Climática: vaivén entre mundo interno y mundo externo”.

La presidenta de la SEP, Ester Palerm, introdujo brevemente el tema central, subrayó la importancia de la toma de conciencia sobre la grave situación en que se encuentra la Tierra y planteó la pregunta: ¿Por qué miramos hacia otro lado a pesar de que tenemos tanta información? También hizo referencia al hábitat donde vivimos, la madre Tierra, la naturaleza, con la idea de que hay que estimular una mayor conciencia y responsabilidad.

El primer ponente, el doctor Josep Lluís Pelegrí (oceanógrafo, profesor de investigación y director del Instituto de Ciencias de Mar) introdujo el tema de la influencia del hombre en el cambio climático. Para explicarlo recurrió a un ilustrativo Power Point donde mostraba qué pasa con la radiación solar que llega a la Tierra. Si imaginamos que no hay atmósfera, la Tierra recibe la energía solar y la emite hacia todas las direcciones en función de cuánto se ha calentado. Las partes claras de la Tierra, especialmente la superficie de hielo de los polos, refleja más radiación que las partes oscuras, como los océanos. Esto se conoce como albedo. La pérdida de hielo hace aumentar el calentamiento de la Tierra porque las partes oscuras absorben la radiación y se calientan. La atmósfera refleja parte de la radiación que llega y, al mismo tiempo, retiene parte de la energía que irradia la Tierra. El efecto invernadero hace que la temperatura aumente porque no permite que la energía que ha llegado a la Tierra se disperse.

Imatge de Josep Lluís Pelegrí

Josep Lluís Pelegrí

A lo largo de la evolución de la Tierra ha habido una alternancia de épocas más frías y épocas menos frías. A partir de la era preindustrial, la temperatura ha ido aumentando sobre todo por la intervención del hombre. En los últimos 50 años la temperatura global ha aumentado como nunca había pasado en los últimos 2000 años y la última década ha sido la más caliente desde el último periodo interglaciar, hace aproximadamente 125.000 años. Esto se ha producido por el aumento del dióxido de carbono (63%), del metano (11%) y de los aerosoles en la troposfera, junto con la actividad volcánica y otros gases. Cada año se generan unos 50 billones de toneladas de dióxido de carbono. Si no se limita su producción, la temperatura irá aumentando de manera irreversible. Por eso hay que eliminar la emisión de gases de efecto invernadero

Los principales efectos de las emisiones son:

  • El aumento del nivel del mar. Para finales de siglo se espera un aumento de hasta 0,90 metros y de hasta 10 metros hacia el año 2300.
  • El aumento de la frecuencia de acontecimientos meteorológicos extremos (tormentas, fuertes lluvias y sequías) con un gran impacto sobre todo a las zonas costeras.
  • La acidificación y desoxigenación de grandes regiones oceánicas con un impacto sobre la biodiversidad y la salud de los ecosistemas marinos.
  • El año 2050 ya no habrá hielo ártico en el verano austral con la disminución del albedo.

En la segunda parte de su conferencia, Josep Lluís Pelegrí habló de la función de los océanos como reservorios de la vida planetaria. Podemos caracterizar la Tierra como un ser vivo, tal como ya la describieron grandes naturalistas como Leonardo da Vinci. Como un ser vivo, la Tierra se autorregula en un estado termodinámico óptimo porque es un sistema pulsativo: presenta propiedades globales que no tienen sus subsistemas. Para acabar, propuso dos ideas básicas:

  1. El sistema circulatorio y nervioso de la Tierra tiene lugar en los océanos: las corrientes son como un sistema circulatorio abierto. También interconectan todos los espacios marinos, transfiriendo información ambiental y genética como un sistema cognitivo fluido.
  2. Nuestra vida depende de nuestro entorno, en definitiva, de los océanos.

La vida es la suma de los procesos dinámicos individuales que conduce a un flujo homeostático de propiedades en el espacio y el tiempo. Según esta perspectiva, todo está conectado y ningún ser es independiente de su entorno. Así que cada uno de nosotros forma parte del Planeta Océano, que es el único ser completamente autosuficiente, puesto que depende únicamente de la energía que le llega del Sol. Nuestra salud física y mental depende de nuestra capacidad de vivir en armonía con el planeta.

La percepción sensorial e intelectual de nuestro entorno genera sentimientos hacia este entorno: una proximidad interior hacia aquello que se conoce sensorialmente e intelectualmente. Josep Lluís Pelegrí sugirió que hay que trabajar estos sentimientos hacia aquello de lo que formamos parte para profundizarlos y que puedan perdurar en el tiempo. El reto es comulgar con el planeta del que formamos parte, una comunión armónica que deje de lado la visión antropocéntrica (considerarnos propietarios de la naturaleza) para llegar a una visión de pertenencia planetaria: Somos Planeta Océano.

Estas reflexiones enlazaron con las aportaciones de los siguientes ponentes.

Jordi Sala (psicoanalista didáctico de la SEP-IPA) eligió como hilo conductor tres historias que utiliza Bion a “La tabla y la cesura”: los mitos del Paraíso Terrenal, la Torre de Babel y el cementerio de Ur. Afirmó que la situación dramática en la que nos encontramos es, en gran parte, consecuencia de un sistema de extracción utilitarista y, al fin y al cabo, de la creencia delirante en un crecimiento ilimitado propio del sistema económico capitalista. Conectando con las palabras de Pelegrí, Sala se preguntaba cómo es que, conocedores de las consecuencias del uso imparable de los combustibles fósiles, no se ha hecho prácticamente nada para reducir el efecto invernadero. Queremos más espacio, más comodidad y más diversión en el intento de protegernos de la angustia, de la frustración y de las experiencias dolorosas.

Imagen de Jordi Sala

Jordi Sala

Refiriéndose en un artículo de Sally Weintrobe, Jordi Sala considera el importante papel de la denegación: sabemos muchas cosas sobre la crisis climática, pero actuamos como si no las supiéramos. Y, de acuerdo con Menzies-Lyth, indicó que, a nivel social, actúan mecanismos de defensa compartidos, dirigidos a evitar las experiencias de ansiedad, culpa e incertidumbre. El ansia de crecimiento ilimitado puede tener que ver con la avidez de poseer un pecho materno inagotable. En el imaginario colectivo hay la ilusión de que la Tierra tenga recursos inagotables y siempre a nuestro servicio.

En el mito de la Torre de Babel, las personas unen sus esfuerzos para “llegar al cielo”, mostrando así su arrogancia y su pensamiento omnipotente con el resultado de la ira divina, la destrucción de la torre y la confusión de las lenguas que hoy, dice Sala, se puede interpretar como una de las consecuencias de una posición narcisista en que uno solamente entiende su propio lenguaje, mientras la situación de emergencia haría necesario un lenguaje y unas intenciones comunes y compartidas.

En el mito del Paraíso Terrenal vemos como el hecho de poder obtener sin esfuerzo todo lo que se desea se edifica sobre una base de omnipotencia. Los mitos nos ofrecen una explicación imaginativa de la realidad, pero a veces llegan a sustituirla, hasta el punto de que la realidad no se tenga en cuenta. Aun así, Jordi Sala deja una puerta abierta a la esperanza, afirmando que hay una sensibilización creciente en frente de las amenazas climáticas, a pesar de que la reacción parece ser demasiado lenta en relación con la rapidez de los cambios. Es difícil prescindir de los mitos y de las falsas ilusiones. Hemos perseguido el Paraíso Terrenal a toda costa, en lugar de ver nuestra fragilidad y dependencia de un medio natural del cual formamos parte.

Para terminar, el mito del Cementerio de Ur muestra como una procesión de notables de la corte habría acompañado a la tumba al rey muerto, dejándose enterrar con él. Según Jordi Sala, ¿no será que contentos y acicalados nos dirigimos a nuestra propia destrucción? Y, con todo esto, ¿cómo mantener la esperanza? Solo del amor y del respeto por el otro puede nacer una actitud realmente reparadora. Es tarea nuestra, como profesionales de la salud mental, reflexionar sobre los motivos que se oponen a la posibilidad de cambio.

Cosimo Schinaia (psiquiatra, psicoanalista de la Società Italiana di Psicoanalisi) tiene el propósito de mostrar que el psicoanálisis no es un lujo, sino un recurso necesario para entender los mecanismos individuales y grupales que impiden la toma de conciencia de los graves problemas ecológicos y ambientales. Nosotros formamos parte de nuestro entorno. Por lo tanto, la relación analista-paciente no puede estar desconectada del entorno cultural y ambiental en que ambos viven. Se refiere a Freud (“El malestar de la cultura”) cuando afirma la necesidad de la renuncia individual en nombre del bien común.

Freud vivía en un momento en el que todavía no se divisaban las consecuencias de la actitud de explotación y expoliación del medio natural, pero era consciente de los riesgos de olvidar la fragilidad del hombre y de la fe ciega en la ciencia y la técnica. Se tuvo que esperar hasta los años 60 y las reflexiones del psicoanalista H.F. Searles para una reflexión amplia y todavía actual sobre la relación del hombre con el medio ambiente, en la situación de guerra fría y la amenaza atómica de aquellos años. Winnicott afirmó que el bebé sin la madre no existe y, de manera similar, Searles nos recuerda que no existimos sin el ambiente, el entorno al cual pertenecemos. El ambiente está en nosotros, en nuestro pasado y presente, pero también en el futuro de las generaciones que venderán.

Cosimo Schinaia también presentó el pensamiento de Sally Weintrobe, que propone tres mecanismos que entran en juego como rechazo del confrontarnos con el cambio climático: el negacionismo, la denegación y la negación. Esta autora afirma que de estos tres el más problemático es la denegación: al mismo tiempo sabemos y no sabemos. Con el tiempo, nuestras defensas acaban siendo más rígidas, se arraigan en la angustia y acabamos situándonos en una realidad alternativa donde atacamos perversamente el significado racional y llegamos a proponer un tipo de antisignificado.

Seguidamente presentó otro autor que se ha ocupado del tema, J. Dodds, quien se opone al dualismo entre sistema humano (cultural) y no humano (natural), y subraya la presencia de fenómenos complejos que estimulan las angustias de los individuos y de los grupos. Los mecanismos, las tácticas para afrontar la angustia del desastre ecológico, que frenan los mecanismos reparadores son, según él, la escisión, la intelectualización, la represión, el desplazamiento, la supresión y la denegación. Este autor hace referencia a Klein y a la fantasía, que ella menciona, de un pecho-Tierra infinitamente disponible. Es, pero, necesario un destete y emprender un camino hacia la posición depresiva y la reparación.

El último autor citado por Cosimo Schinaia fue R. Lertzman, quien introduce la idea de una “melancolía ambiental“, una condición de duelo no elaborado por los efectos del cambio climático. Para terminar, ofreció unas breves viñetas de unos casos clínicos que permiten relacionar la degradación ecológica y la sintomatología psíquica. Pero avisó del riesgo de un fundamentalismo ecológico, la tendencia a una adhesión conformista y fanática a la ideología ecologista, que tiende a culpabilizar a las personas sin tener en cuenta los investments afectivos y la angustia. Se tiene que encontrar un lenguaje comunicativo que ayude a hacer frente al problema dramático con esperanza y conciencia. “En el silencio está el verdadero delito“, para acabar con las palabras de Hanna Segal, escritas para denunciar los peligros del armamento nuclear: “Tenemos que poder soñar un futuro mejor donde el amor y la creatividad se opongan al pensamiento mágico y nos ayuden a hacer frente a la realidad”.