Por Pilar Tardio

Con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio reflexionamos sobre el suicidio como acto impactante en grado extremo. El suicidio, por su carácter irreversible, conmociona hasta enmudecernos y, desde la perplejidad, sin palabras, se convierte en tabú. Como terapeutas-psicoanalistas es nuestra función elaborar el complejo abanico de sentimientos y emociones que este hecho provoca, tanto en nosotros mismos como en el entorno vincular del afectado. Recuperar la palabra para seguir viviendo es un imperativo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que 800.000 personas mueren anualmente por suicidio. Es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. Ante esta situación alarmante, tanto la Organización Mundial de la Salud como la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) recomiendan la sensibilización de la población e implementar medidas de prevención. En Cataluña, el Departamento de Salud de la Generalitat creó en el 2014 el Código de Riesgo de Suicidio para la prevención del suicidio en los jóvenes, adolescentes y niños. Esta medida implica la activación de un protocolo de atención en los servicios de salud mental públicos, que da prioridad a los pacientes que se detectan en esta situación de riesgo.

Pero, ¿qué es lo que lleva a una persona a acabar con su vida? ¿Terminar con el sufrimiento? Algunas veces el padecimiento es visible: enfermedades crónicas e irreversibles que conllevan dolor y limitaciones extremas, trastornos mentales generadores de soledad y estigma social, situaciones de gran vulnerabilidad social como grupos de refugiados, migrantes, comunidades indígenas o disforia de género. Otras veces, resulta incomprensible, desde el silencio de lo que es inefable. En ocasiones adquiere valor de símbolo, como denuncia, desde la impotencia ante la injusticia. En los jóvenes, adolescentes y niños puede ser la consecuencia de un impulso frente a la desesperación por circunstancias traumáticas o frustraciones no toleradas.

Bajo el impacto por el hecho de que una persona se quite la vida queda el duelo por el ausente y la complejidad de tantas emociones que van a cuestionar el sentido mismo de la vida, la propia y la de quién se fue. Conjeturas e hipótesis. Culpabilidad por no haber sabido aferrarlo o aferrarla a la vida. Rabia, odio e impotencia porque nos privó de la oportunidad de generarle esperanza o procurarle sosiego. A veces, la emoción conlleva alivio cargado de ambivalencia.

Muchas veces el suicidio ha sido precedido por tentativas fallidas que ponen a prueba el entorno y la autenticidad de las relaciones. Ser importante y significativo para el otro o ser reconocido en la propia idiosincrasia son necesidades humanas genuinas que contribuyen a llenar la vida de sentido, por la dimensión amorosa y libidinal que conlleva encontrar las respuestas adecuadas. La aceptación de las propias limitaciones ayuda a tolerar frustraciones y a soportar mejor el hecho de vivir. Promover el goce por la existencia y generar esperanza en la resolución de las dificultades es la mejor manera de acompañar a quién perdió esta perspectiva.