Por Elena Fieschi Viscardi, Jordi Sala Morell y Joan Sala Coromina 

 

Es evidente que existe un antes y un después de la pandemia de la Covid-19 por lo que se refiere a las interacciones sociales, el funcionamiento de la economía y la protección de la salud (física y mental) de las personas. Aunque los resultados han sido en muchos aspectos catastróficos, también ha habido detalles que han aportado ciertas dosis de esperanza para el futuro inmediato del mundo. Por ejemplo, durante los meses de confinamiento la naturaleza volvió a tomar el protagonismo incluso en las grandes urbes y quedó demostrado que existen alternativas reales para hacer frente al cambio climático. Por este motivo, la Sociedad Española de Psicoanálisis ha decidido titular su acto inaugural que tendrá lugar el próximo 17 de septiembre “Emergencia Climática: vaivén entre mundo interno y mundo externo”. Uno de los ponentes destacados será Josep Lluís Pelegrí, oceanógrafo, profesor de investigación y director del Instituto de Ciencias del Mar, CSIC. Hemos conversado con él para conocer más detalles sobre su apasionante carrera profesional y los retos que está afrontando la ciencia para hacer frente a los importantes cambios que acontecen en nuestro planeta. Porque la ciencia medioambiental y el psicoanálisis están más relacionadas de lo que imaginamos.

 

Para empezar, nos gustaría que nos hablaras de qué te ha llevado a estudiar el mar y las corrientes oceánicas.

Creo que de joven eliges una carrera con cierta inconsciencia, al menos en mi caso fue así. Seguramente me centré en esto porque me llamó la atención que supiéramos tan poco de algo que tenemos tan cerca nuestro, tanto física como mentalmente. A lo largo de los años, a medida que los he ido descubriendo, la complejidad de los océanos me ha enamorado. De estudiar sus compartimentos he pasado a estudiar su todo, la serie de interconexiones espaciales y temporales que conforman la base de la vida planetaria y, en consecuencia, de nuestra propia existencia.

 

¿De qué manera la salud de los océanos es esencial para mantener un desarrollo sostenible?

A menudo escuchamos que “agua es vida” y es cierto, todas las formas de vida conocidas se basan en el agua. Ahora bien, para mí el agua sobre todo representa vida en continuo movimiento. Nuestra interconexión cognitiva, física y anímica, entre nosotros y con todo el planeta, es posible gracias al perpetuo flujo del agua. Los océanos son, posiblemente, el mejor ejemplo de este movimiento, del hecho de que todo está conectado: no hay siete océanos sino un único océano global. De aquí a un tiempo, el agua que hoy baña las playas de nuestro país estará en otras costas, en el mar abierto, en forma de gas o lluvia al otro lado del mundo, siendo bebida por algún ser vivo… y parte de esta agua también escapará al espacio interestelar y algún día podrá llegar a otros mundos. Hablar de océanos saludables quiere decir hablar de agua no contaminada, de fondos marinos llenos de vida, de ecosistemas productivos y varios, y de pesca artesanal abundante, pero también significa otras muchas cosas: una línea de costa resiliente, un clima más moderado, el reciclaje natural de compuestos orgánicos y la posibilidad de agua potable para muchas comunidades, el bien común más grande de toda la humanidad.

 

Los expertos afirmáis que el océano es aquella cosa tan importante para la vida en general, pero a la vez tan desconocida en sus profundidades. Quizás lo podríamos considerar como el inconsciente planetario. ¿De qué manera los océanos regulan la temperatura de la tierra y el clima?

El agua tiene una gran capacidad de almacenar calor, unas 3.500 veces más que el aire. Esto hace que los océanos hayan incorporado aproximadamente el 90% del incremento de calor que ha experimentado la Tierra desde la revolución industrial. Esto ha sido posible a pesar de que los océanos solo han aumentado su temperatura una media de 0,15 °C, que es 100 veces menos que el incremento de 1,5 °C que ha experimentado la superficie del planeta. Este factor termostático es estrictamente físico, si quieres inconsciente, pero la regulación va mucho más allá gracias a todas las conexiones biogeoquímicas. Las corrientes oceánicas no solo distribuyen materia, también transportan energía e información ambiental y genética, transfieren vida.

 

En algunos trabajos estableces una similitud entre el funcionamiento del planeta y el del cuerpo humano. Afirmas que los océanos son como el corazón y el sistema circulatorio del planeta, vitales para su subsistencia.

Llama la atención ver que no tenemos ninguna duda al identificar a los microorganismos como seres vivos, pero, en cambio, nos cuesta imaginar que la biosfera también lo pueda ser. Es cierto que cada vez más se habla del sistema Tierra (Earth System) como un sistema complejo, pero todavía no nos atrevemos a imaginar la Tierra como ser vivo. La teoría Gaia abrió una ventana a esta idea y generó un considerable debate en el mundo científico, pero también creó un gran rechazo que, desafortunadamente, es el que más ha perdurado entre la comunidad científica. Es por eso que se acostumbra a ver la Tierra solo como un sistema complejo, con retroalimentaciones positivas y negativas que hacen que el sistema experimente transiciones entre varios estados optimizados u homeostáticos. Pero la Tierra evoluciona, se modifica, sus interrelaciones se hacen infinitas y deja de ser un sistema para convertirse en algo vivo.

 

Se trata de una analogía muy potente que nos podría ayudar a ser más empáticos con el sufrimiento en forma de condiciones estresantes a que estamos sometiendo el planeta.

¿Por qué esta falta de equidistancia entre el microorganismo y la biosfera? Es muy sorprendente, más aún cuando la equidistancia espacial no es tal: nosotros estamos justo en medio del espectro de la vida que nos rodea. Si cogemos como distancia de referencia 1 m, vemos que las bacterias más pequeñas son de la orden de 0,5 micras (0,5 x 10-7 m) y la biosfera (la longitud de cualquier meridiano) mide 4 x 107 m. Esto demuestra una incapacidad de abstracción, quizás incluso cierta inseguridad como especie que se ve privilegiada y dominante. Si volvemos a tu pregunta original, creo que la Tierra tiene un sistema de circulación abierto como el que hay en muchos artrópodos (insectos, crustáceos y moluscos), capaz de distribuir todas las propiedades necesarias para sostener la actividad metabólica de cada una de sus partes, incluidos los humanos. De hecho, este sistema a veces es más activo y otros menos, haciendo que la Tierra alterne estados de reposo y estados de ejercicio. De hecho, esta es mi interpretación de los periodos glaciales e interglaciales que ha experimentado nuestro planeta durante los últimos tres millones de años. Y también, por qué no, dentro de la Tierra la información fluye gracias a las interconexiones y movimientos de todas las entidades vivas que lo habitan, que sería el equivalente de nuestro sistema nervioso. Y posiblemente también tiene otros sistemas que van más allá de los que conocemos, como por ejemplo la producción de agua o su sistema magnético, relacionados los dos con los movimientos del magma en el interior de la Tierra.

 

También afirmas que estamos llevando el sistema terrestre hacia un nuevo estado metabólico, probablemente más cálido y posiblemente lleno de sorpresas desagradables. ¿Qué acciones humanas están influyendo en la ruptura de la homeostasis del sistema?

El impacto humano sobre el planeta es de dos tipos: cambio global y cambio climático. El cambio global se puede entender como toda una serie de desajustes que resultan de la contaminación, degradación o sobreexplotación de los ecosistemas. El cambio climático tiene que ver con el incremento de dióxido de carbono en la atmósfera, principalmente ocasionado por el uso de combustibles fósiles para generar energía, y que da lugar al calentamiento del planeta y a otros efectos indirectos, como la subida del nivel del mar y una mayor frecuencia de tormentas más intensas. Los océanos tienen una gran capacidad reguladora, tanto del cambio global (en forma de disolución y degradación de componentes ajenos a los ecosistemas) como del cambio climático (acumulando grandes cantidades de dióxido de carbono y calor), pero existe lo que se denominan puntos de no retorno (tipping points). Por ejemplo, pequeños cambios en el forzamiento astronómico pueden generar respuestas muy importantes en el clima gracias a la interacción, principalmente, de tres factores: los gases invernadero, el albedo y el almacenamiento de calor y carbono en los océanos. Estas respuestas normalmente no excederán ciertos umbrales, el juego entre los tres factores lleva a retroalimentaciones positivas y negativas, es un equilibrio dinámico que denominamos homeostasis. Ahora bien, actualmente la humanidad está rompiendo este equilibrio, creando las condiciones que llevarán al sistema a un nuevo estado metabólico global, más allá de estos puntos de no retorno.

 

Los climatólogos nos advierten muy a menudo, pero ¿qué pueden ser estas sorpresas? ¿Tendrán los océanos la capacidad de regular el sistema?

Estos cambios ya han pasado numerosas veces a lo largo de la historia de nuestro planeta, pero ahora suceden mucho más rápidamente y la especie humana sufrirá las consecuencias. El incremento de los gases invernaderos y la desaparición del hielo ártico están ocasionando un gran aumento de la temperatura de las regiones árticas. Nos encontraremos que la temperatura mediana del planeta aumentará 3 o 4 °C y que las regiones árticas seguramente lo harán tres o cuatro veces más. Estamos hablando de una subida en la temperatura mediana anual en regiones árticas que podría ser de 15 o 20 °C. Si esto llegase a suceder en las regiones antárticas, el ascenso del nivel del mar sería dramático. A pesar de que todos los modelos nos indican que vamos hacia una subida muy importante de la temperatura, estas predicciones tienen un importante grado de error y yo no descarto en absoluto que nos surjan sorpresas, agradables o desagradables. Lo que parece bastante claro es que nuestros nietos vivirán en un mundo posiblemente bastante diferente, climáticamente hablando, del que vivimos nosotros.

 

¿Qué podemos hacer como individuos para evitar este futuro incierto y que tenemos que pedir a los gobiernos para frenar el cambio climático? ¿Crees que todavía estamos a tiempo?

Es realmente prometedor ver como las Naciones Unidas han fijado unos objetivos de desarrollo sostenible (ODS) que son globales y valientes. También genera esperanza ver como ahora hablamos de políticas estatales y europeas que están bastante identificadas con muchos de estos objetivos, y todavía más ver como la opinión pública a menudo los hace suyos. Creo que el principal reto es conseguir que los chicos y las chicas que ahora están en las escuelas se identifiquen con los ODS. Aquí, la cultura y la educación juegan un papel clave. Cuando la sociedad interiorice estos conceptos, entonces los exigirá como algo normal, no solo a los gobiernos, sino muy especialmente a las empresas con sus hábitos diarios de consumo. El reto es conseguir que el concepto arraigue con suficiente fuerza como para colocarse por encima de la comodidad personal y de la recompensa instantánea.

 

Hemos encontrado ciertas coincidencias con el pensamiento psicoanalítico sobre el tema medioambiental en el texto “Corrientes y ecosistemas oceánicos como subsistemas de un organismo planetario” donde afirmas que: “Nuestra percepción del mundo es el resultado, por un lado, de las limitaciones temporales de nuestros sentidos y, del otro, de la fragmentada memoria consciente e inconsciente que tenemos de nuestras vivencias”.

La experiencia es un gran bagaje para hacer ciencia. Este cúmulo de conocimiento y de historias vividas te ayuda a valorar si cierto camino tiene más posibilitados que otro, pero también puede ser una mochila muy pesada que nos hace perder creatividad. Cuando nos enfrentamos a un nuevo problema científico siempre, seguramente de forma inconsciente, usamos este bagaje para la mayoría de las decisiones. Incluso, cuando analizamos los datos nuevos, lo hacemos desde la perspectiva de nuestra experiencia pasada. Pero los hallazgos más interesantes aparecen cuando te das cuenta de que tu experiencia pasada no encaja con lo que estás viendo de nuevo y tienes la suficiente honestidad contigo mismo para reconocer esta incongruencia. Es un proceso mentalmente doloroso deshacerse de tus preconcepciones y hacer una profunda autoinspección, de donde podrá surgir la cristalización de una nueva idea. Pero esto, a pesar de su riqueza, está siempre sujeto a nuestras limitaciones sensoriales (los datos que recogemos son los que nos dan nuestros sentidos) y cognitivas (nuestra capacidad para interconectar estos datos es limitada). 

 

¿Crees que hay una parte no consciente de nuestra percepción que puede ser un obstáculo, pero también una ayuda, en nuestro compromiso con el medioambiente?

Es por eso que hablo de nuestra limitada percepción de la realidad. Creo que esta percepción consciente es solo una pequeña ventana a una realidad mayor. Y si la realidad es infinita, entonces, por definición, la ventana de los sentidos y de la memoria se vuelve infinitesimal. Otra cosa es nuestra percepción inconsciente, hay religiones que nos dicen que es infinita. ¿Qué tiene esto que ver con nuestro compromiso con la Tierra? En la medida que nos sentimos parte integral de nuestro planeta, en la medida que yo piense que mi esencia (materia, energía, información y quizás alma) es compartida, entonces más respeto tendré con cada uno de los individuos con quienes me relaciono y con la Tierra como un todo. Y en la medida que sea capaz de desprenderme de una visión antropocéntrica de la ciencia, entonces mi investigación seguramente proporcionará una visión más fidedigna de la realidad.

Siguiendo con la idea de hacer puentes con nuestra disciplina y con la noción de la Tierra como organismo, tenemos que entender que los humanos formamos parte de un organismo más grande y esto plantea cuestiones sobre el límite de nuestra identidad individual y de nuestra acción sobre el medio. ¿Quién soy yo si formo parte de un organismo más grande? ¿Cómo me afecta y dependo de ello? 

La visión clásica de la vida se basa en la sustancia: somos un ente físicamente y mentalmente diferenciado de nuestro entorno, que se adapta continuamente a los estímulos externos. Una visión opuesta es la de la vida como proceso: materia, energía e información fluyen, minimizando el desorden (entropía) y maximizando la complejidad. Yo me manifiesto ahora en un espacio físico concreto con un elevado grado de organización, pero yo soy el resultado de un conjunto de procesos que van más allá de este momento temporal y del “mi” espacio físico. Ninguna parte de la Tierra, tampoco los humanos, está aislada. Solo la Tierra entera tiene esta independencia, se trata de un ser de una complejidad inconmensurable que solo requiere de la energía solar. Pero incluso la Tierra viva forma parte de algo más grande, nació hace unos miles de millones de años y morirá de aquí unos mil millones de años, cuando la radiación solar sea tan grande que el agua de nuestro planeta escape al universo. Estos pensamientos me llevan a la gran pregunta de “¿qué es la vida?”. No tenemos la respuesta, pero yo quiero ver mi existencia como una aportación a algo mucho más grande de lo que ya formo parte. Esto me llena de esperanza. Como persona y como científico creo que la respuesta será mucho más maravillosa de lo que podemos imaginar. 

 

En referencia a la idea de desarrollo sostenible y de economía azul, ¿crees que el cambio de mentalidad puede hacer compatibles el desarrollo sostenible y el sistema económico actual?

En un artículo reciente reflexionaba sobre el significado etimológico de la frase “desarrollo sostenible”. Desarrollar viene de des-envolupar, de extraer algo que llevamos dentro, y representa el crecimiento interior de una potencialidad ya existente. Y sostenible viene de subs-tenere, de mantener desde la base, pero no de una forma inamovible, sino todo lo contrario, evolucionando hacia una mayor complejidad. La sostenibilidad parte del hecho de que la forma de uso no puede alterar la estabilidad del sistema. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Sostenibilidad implica armonía, implica que formamos parte de la naturaleza en lugar de utilizarla. Esto necesariamente implica un cambio de mentalidad: pasar de una visión utilitaria de la naturaleza (aunque fuera posible hacerlo de forma estable) a la visión de formar parte de la naturaleza. Este cambio de visión nos tiene que llevar necesariamente a una nueva manera de actuar, un modelo donde cada pequeño gesto sostenible, solidario y circular cuenta. Es una nueva manera de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

 

También afirmas que “el mundo que nos imaginamos no es el resultado de una observación objetiva, sino el imaginario de una larga historia de experiencias individuales y colectivas, reforzada todavía más por la subjetividad que surge de vernos como raza dominante del planeta en medio de todo lo que es vive”. ¿Cómo se puede educar para cambiar esta convicción? ¿Cómo podemos crear un nuevo imaginario colectivo?

A mí me preocupa esta visión tan antropocéntrica de nuestro planeta porque nos hacemos un mal servicio individual y colectivo. Nos viene de muy lejos y, desgraciadamente, nos lo han repetido muchas veces, por ejemplo, cuando nos dijeron que el hombre estaba hecho a imagen y semejanza de Dios. Creo que es totalmente a la inversa, nuestra soberbia como especie nos ha llevado a hacer a Dios a imagen y semejanza nuestra. Las nuevas tecnologías se nos presentan ahora como una gran oportunidad, pero solo si las vemos como medio y nunca como objetivo. Si nos las planteamos como objetivo, entonces la especie humana empequeñecerá, sencillamente porque nuestra capacidad física y mental, y posiblemente incluso creativa, es muy inferior a la de las máquinas que desarrollaremos. En cambio, la tecnología como medio puede llevar a la especie humana hacia un nuevo paso en su evolución, con una vida exterior e interior más rica… por qué no, una vida más llena, que conjugue mejor los sentidos, la mente y la esencia, más interconectada con otros seres y más armónica con la naturaleza.

 

¿Puede la ciencia tener un papel transformador en la relación que tenemos con nuestro planeta? ¿Crees que utiliza los canales adecuados?

Los centros de investigación tenemos que seguir haciendo ciencia de calidad, pero una ciencia en la cual todo el mundo se sienta interpelado y que genere una transformación de la sociedad. Los recursos de nuestro planeta son suficientes para que toda la humanidad viva dignamente, en armonía con la naturaleza, y la ciencia tiene el deber de buscar esta salud planetaria y esta dignidad humana. Este año hemos empezado la Decenio de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible. El énfasis del Decenio no es en la ciencia sino en el desarrollo sostenible. La ciencia en sí misma es encantadora, pero también es necesario que tenga un objetivo, especialmente cuando hablamos de ciencias relacionadas con la naturaleza, tiene que ser inclusiva y transformadora. Para conseguir esta participación y generar cambios de actitud, la ciencia necesita crear sinergias con las artes. Corazón y mente, arte y ciencia tienen que ir de la mano. La palabra “sentimiento” lo dice todo. La interpretación más literal seria “sentir la mente”, una percepción sensitiva especial. Pero todavía me gusta más pensarla como la comunión de “sentidos y mente”, la belleza de los sentidos y el tesoro de la mente que nos lleven hacia algo mucho más profundo y enriquecedor: los sentimientos. Es la dimensión que hay que anhelar como especie, aquello que verdaderamente nos diferencia de cualquier máquina.

 

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