Por Marta Areny

 

Ahora hace un año que se inició el cierre de escuelas y nuestros niños y adolescentes empezaban una etapa de su vida para la cual nadie estaba preparado. Ni ellos, obviamente, ni los adultos para poderlos enseñar a vivir este proceso. Hemos aprendido todos a tirar hacia delante (a pesar de los inconvenientes) y después de este largo periodo casi todo el mundo está de acuerdo en que ellos, los niños y adolescentes, son los que han mostrado más capacidad de adaptación a las nuevas medidas de convivencia social, con distanciaciones, mascarillas y grupos restringidos.

Ha sido un tiempo de paréntesis (o de cambio) para los niños y adolescentes. Unos y otros han cortado el ritmo de su evolución. Ha habido adaptación y muchas cosas positivas, como el acercamiento entre padres e hijos del cual algunos nunca habían podido disfrutar. Pero también ha habido pérdidas. Los abrazos, las caricias, la continua limpieza de manos cuando nos tocamos, no poder compartir juguetes y desinfectarlos continuamente. Todos (ellos también) nos percibimos como capaces de hacer daño y que nos lo hagan. Las separaciones de amigos y las largas horas de soledad en casa para unos han representado un aislamiento total y para otros han supuesto frustración por no poder seguir explorando en su mundo social que justo acababan de iniciar. A algunos, las pantallas los han ayudado a conectar con sus amigos, pero también han contribuido a una desconexión exagerada.

Desgraciadamente, ha habido niños y adolescentes para quienes ha sido una pesadilla tener que convivir con padres que no tienen buena convivencia e, incluso, con padres que son agresivos. Otros han convivido con buenos padres que han sufrido y siguen sufriendo una crisis económica sin precedentes y que, por lo tanto, han sufrido con ellos tristeza, miedo, desesperanza y depresión.

Esta adaptación ha sucedido a expensas de perder la libertad de movimiento, de espontaneidad y de percibir al adulto (familiar y desconocido) como persona débil. Donde antes había fortaleza donde poder reflejarse, ahora hay fragilidad. La sonrisa entre adulto desconocido y niño (ya fuera en una tienda o transitando por la calle) que daba de manera tan natural y sencilla la bienvenida social al menor y donde el niño sentía que iba formando parte del grupo de los grandes, ha quedado tapada por mascarillas y distancias. También por ojos tristes de gente mayor y de abuelos propios y ajenos.

Por todos estos cambios, por estas emociones vividas en las relaciones entre niños, adolescentes y jóvenes, hace falta que nos interroguemos sobre cómo se vive este proceso dentro del ámbito escolar: los profesores de secundaria, los psicólogos escolares y los maestros de primaria que han hecho tanto esfuerzo para contener la población infantil y siguen todavía al pie del cañón aportando comprensiones y soluciones, ¿qué situaciones tienen que afrontar? Más allá de la buena adaptación que unos y otras han hecho, ¿qué conductas o síntomas han observado en los niños? ¿Son los mismas de siempre? ¿Hay cambios a nivel emocional? ¿Hay cambios en la relación social con los niños? ¿El niño se ha encontrado, en su soledad, sin referentes de iguales para compartir las angustias propias de su edad? Con el empuje que quiere ser positivo de “¡vayamos adelante, saldremos de esta!”, ¿estamos negando necesidades emocionales?

Pensamos en el gran esfuerzo que ha representado para los profesionales educativos. Es evidente que han representado un necesario referente para la salud mental del niño, pero ellos también son padres que han tenido que conciliar las atenciones especiales de sus grupos escolares con las de sus propios hijos. Han visto la realidad de sus alumnos al entrar en su propia casa a través de las pantallas y les ha cambiado en muchos y diferentes aspectos la perspectiva del niño que tienen delante. Creemos que no solo los niños, sino también los profesionales, necesitan espacios para respirar y para ser atendidos emocionalmente. Quien cura y cuida debe ser cuidado y curado.

Debemos pensar también en los jóvenes en edad universitaria y/o prelaboral. ¿Qué mundo ven en el horizonte? ¿Se les han truncado las esperanzas? Tienen un presente difícil, tienen que cortar también su proceso evolutivo-social (con nuevas restricciones) y, además, ven un futuro en crisis económica, con dificultades laborales y con salarios poco alentadores. Ahora estamos viviendo la desesperanza desatada de los jóvenes que expresan en la calle el cansancio, la frustración, la rabia y el miedo de todo aquello que está por llegar en su vida adulta. De manera agresiva y descontrolada a veces (como vimos con las protestas por la libertad de expresión), como de agresiva y descontrolada han resultado la pandemia y las consecuencias que de ella están emergiendo.

Como profesionales tenemos el deseo y el deber de ayudar a comprender los cambios y las emociones de este momento. Hay mucho trabajo por hacer. Primero, comprender nosotros lo qué está pasando. Después, ayudar a contener y comprender a nuestros niños, adolescentes y jóvenes que son el futuro. Todos tenemos la esperanza de un futuro mejor. Debemos seguir abriendo puertas de comprensión para ayudar y ayudarnos entre todos. Y con la comprensión, seguro que veremos rendijas de esperanza. Si miramos bien nuestro entorno social, descubrimos que algunos jóvenes ya están mostrándonos sus capacidades creativas e imaginando un nuevo camino. Un nuevo mundo lleno de ideas innovadoras que alivian los desalientos. Pero fijémonos: casi siempre (por no decir siempre) son jóvenes que han podido ser entendidos y atendidos.