Por Marta Areny

 

 

En el actual contexto social y cultural, vemos como la expresión de la sexualidad muestra la heterogénea naturaleza del individuo. Las persones heterosexuales, homosexuales, travestidos, transexuales, transgénero y otras formas de sentir y expresar la sexualidad no encuentran cabida dentro de la dualidad masculino/femenino, hombre/mujer, y piden ser reconocidos dentro de la normalidad y no dentro de la psicopatología, como ha sucedido hasta no hace demasiados años.

Esta convivencia de varias maneras de vivir la sexualidad lleva a plantearse la confrontación binaria versus pluralidad, no solo en las normas y las miradas sociales, sino también en cada individuo en su propio psiquismo. Por supuesto, también empuja al psicoanálisis que, desde diferentes posiciones, se ve inmerso en ricos debates antagónicos y que, a buen seguro, van aportando mucha más comprensión de lo que representa y de lo que significa la sexualidad en el individuo.

Si damos un vistazo a la evolución de este tema, vemos que desde Freud y la teoría de las pulsiones, ahora hace más de 100 años, la comprensión de la sexualidad sigue incompleta. Algunos psicoanalistas continuaron con la teoría pulsional, pero hubo algunos, sobre todo ingleses y norteamericanos, que encontraron una mejor explicación en la teoría de objeto. Mientras que otros la encontraron en una explicación que conjugaba las dos posiciones anteriores o en la más reciente teoría intersubjetivista.

Freud dijo que para entender la sexualidad humana se tenía que pensar más allá de la biología. Dijo que la sexualidad infantil es polimorfa, intrínseca en todo ser humano y que así perdura toda la vida. También habló de las pulsiones, que siempre eran parciales y que aspiraban a una satisfacción que no se llega a encontrar. Es decir, el camino para entrar a analizar en más profundidad la diversidad sexual estaba ya abierto desde el inicio. Aunque Freud no habló de género, sí que afirmó que la bisexualidad influía tanto en la identidad sexual como en la elección de objeto, y remarcó que la fluidez propia de la bisexualidad es el distintivo de los procesos identificativos.

Stoller (1968) fue el primero que introdujo el concepto de género dentro del psicoanálisis y propuso la distinción entre identidad de sexo (por los rasgos fisiológicos) e identidad de género (para la construcción social basada en las diferencias sexuales). Desde entonces ha habido posiciones contrapuestas sobre la conveniencia o no de tener en cuenta el género para comprender intrapsíquicamente al individuo.

Así, hablamos de diferencia sexual cuando nos referimos a la anatomía (masculino/femenino) y de diversidad sexual cuando nos referimos a la vivencia subjetiva de la sexualidad que expresa, de diferentes maneras, las identificaciones inconscientes, junto con las pulsiones sexuales. Como hemos dicho, tiene que ver con los condicionantes sociales y culturales, y estos (sobre todo en el mundo occidental) están atravesados por las teorías de género, en las que J. Butler (años 80) destaca como la más reconocida pensadora. Ella, que utilizó la teoría psicoanalítica para sus reflexiones, afirma que entender la humanidad dividida entre hombres y mujeres no es natural. Según ella, no hay un cuerpo biológico y entiende el género como una categoría en continua remodelación. Durante muchos años, su pensamiento no se tuvo en cuenta dentro del cuerpo psicoanalítico, puesto que el psicoanalista aborda la sexualidad solo en su vertiente psicosexual. Últimamente, un diálogo más abierto tanto con ella como con otras disciplinas, está dando la idea de un cierto cambio en la propia subjetividad del analista y de buena parte de la institución psicoanalítica.

De esta diversidad sexual surgirán otras diversidades que requerirán también nuestra atención y tienen que ver con los nuevos vínculos relacionales que se están estableciendo: diversidad en el apareamiento (parejas hetero, homo, trans y variaciones de género), en las formaciones familiares (los progenitores no son necesariamente los padres biológicos o las familias son construidas de maneras diferentes) y en las diferentes formas de ejercer la paternidad. Se trata de nuevos vínculos y de nuevas funciones que nos llevan a cuestionarnos el papel de las identificaciones sexuales fuera del triángulo edípico.

El psicoanalista trabaja para mantener la neutralidad que le permita la escucha y la reflexión. Al mismo tiempo, permite que el analizado pueda adentrarse en su mundo interno, sin estar sometido a las influencias ambientales, y pueda distinguir la diversidad sexual de lo que podrían ser defensas para evitar entrar en áreas más conflictivas de su psiquismo.