Por Antònia Grimalt

En las transformaciones que tienen lugar dentro de la cultura actual encontramos patologías que caen fuera del espectro neurótico y requieren la comprensión de un funcionamiento mental que se remonta a fallos en los inicios de la constitución del self: situaciones clínicas o sectores de la personalidad sin conciencia de emociones en donde no existe conexión entre sensación, emoción e idea que contribuyen a las dificultades de representación.

La función emocional receptiva inconsciente tiene su base en la calidad de las primeras relaciones para construir y atribuir “significado” a la experiencia emocional. Cuando hay dificultades en uno o en ambos miembros de la díada madre-bebé, permanecen áreas de funcionamiento de tipo presimbólico-sensorial escindidas. Este funcionamiento adopta fenomenologías diversas como consecuencia de la fragilidad dramática de los procesos integradores que constituyen la base del self.

Estos casos suponen un reto particular en el trabajo del terapeuta para desarrollar capacidad simbólica porque plantean dificultades para captar, a través de la reverie, detalles mínimos de la experiencia del paciente. Hay que diferenciar las estrategias de supervivencia o los intentos desesperados para mantener un equilibrio de la pulsión destructiva. El ataque o el rechazo a internalizar puede ser debido al pánico al colapso de un equilibrio vital para tratar una realidad externa incomprensible, junto con fragmentos de experiencia y una gran cantidad de sensaciones internas sin integrar, bien protegiéndose de una catástrofe psíquica temida cuando uno se enfrenta a todo cambio en conexión con la experiencia emocional.

Mente embrionaria

Nuestra mente nace “rodeada” por el ritmo del corazón y el ruido de los intestinos de la madre, de la marcha y del habla, y del rumor constante de la circulación por los vasos sanguíneos. Las experiencias auditivas establecen el vínculo primario entre “el estado concreto de la experiencia somática” y “la actividad mental abstracta vinculada a imágenes visuales”. Después de nacer, estos “objetos sonoros” (Maiello) preparan el camino para la interacción con la madre y establecerán un ritmo de base seguro.

Por lo tanto, las primeras funciones del feto parten de experiencias emocionales primarias que tienen lugar en medio de diversas sensaciones: táctiles, olfativas, cinéticas, viscerales y, pronto, acústicas de ruidos y sonidos. Todos estos signos sensoriales adquieren un valor semántico que depende de factores elementales como la frecuencia, las variaciones tonales, las oscilaciones rítmicas, las explosiones y los silencios. La riqueza expresiva de todos estos signos y símbolos de lenguaje visceral, sensorial y emocional permite entender y establecer contacto con el niño autista o con áreas prenatales de la personalidad.

Reverie

A comienzos de la vida, el cuerpo es una de las fuentes de terror: hambre, flatulencias, dolor de estómago, ansiedad etc. La reverie implica la capacidad de la madre de acoger y recibir la comunicación de las necesidades del bebé. El término enfatiza la calidad onírica de esta función. La madre que cuida a su bebé necesita “soñarlo”. Implica una “calidad empática especial”, la posibilidad de representar estados y situaciones emocionales abiertos a la comunicación y transformación emocional. Este tipo de vínculo también crea las condiciones para que el niño internalice esta función, ofreciendo la receptividad y capacidad desintoxicante de su mente. Aquello que por el niño es una ansiedad que puede acontecer un “terror sin nombre” es contenido y transformado a través de la reverie: un contenido que entonces el niño puede asimilar y que después se extiende a otras relaciones, como la relación con sí mismo o la relación del terapeuta con sus pacientes.

Por tanto, reverie es un estado, una función y un efecto: un aspecto de la función (α) materna que, a un nivel primario, incorpora, metaboliza y desintoxica las sensaciones primitivas no procesadas del bebé (elementos beta) y permite la evolución de los niveles proto-sensoriales y proto-emociones. Una matriz primitiva de significado que facilita el progreso de los elementos oníricos hacia soñar, pensar y sentir. También contribuye a la diferenciación entre realidad material y realidad psíquica en la medida que procesa elementos senso-emocionales primarios hacia un sentir y pensar integrado emocionalmente.

Comentarios

Los pacientes neuróticos con núcleos autistas (Tustin, 1986) pueden considerarse como un caso de los tipos de funcionamiento que hemos comentado antes. Estos pacientes sienten terror al contacto y a la intimidad. Aprenden intelectualmente cómo tendrían que ser las relaciones e imitan aquello que sería un contacto entre dos individuos, pero sin experimentar la emoción correspondiente. Es lo que a menudo se presenta como “patología del vacío”: personas exitosas profesionalmente, pero analfabetas emocionales en sus relaciones.

A nivel de la técnica hemos aprendido el valor significativo de los elementos paraverbales y extraverbales para profundizar en estos primeros estadios de relación y vida intrapsíquica. Hemos aprendido a valorar con más cuidado los elementos del lenguaje prosódico, aparte del contenido léxico y el estilo verbal. Es a través de los elementos musicales: ritmo, tono, cadencia, silencios, etc. que contactamos con las emociones más primitivas de nuestros pacientes. Aquello que la palabra no puede decir, disfrazar o reprimir se nos ofrece de forma más directa a través de estos elementos que rodean al léxico.

El arte del psicoanalista consistiría en complementar su intuición entrenada psicoanalíticamente para hacerse eco de estos niveles senso-emocionales primitivos con el objetivo de transformar las ideas embrionarias que habitan en el pensamiento preconceptual. Ritmos, formas y colores son comunicaciones que usan elementos muy primarios de nuestra psique. El bebé, ya desde el primer trimestre de vida, es capaz de tener representaciones abstractas de formas, intensidades, modos temporales, ritmos, variaciones de intensidad y calidades sonoras de disolución, ya sean fugaces o explosivas. Más adelante será capaz de tener una percepción fisiognomónica y los afectos serán más específicos: tristeza, rabia y alegría.

Este artículo es un resumen de un trabajo presentado a la Sociedad Psicoanalítica de Sofía con el título “The protomental. Embryonic mind: “The origins of thinking and its relationship with the maternal function” que se publicará en Sofía en un libro con el título de “Contemporary Kleinians” (en búlgaro).