Por David Moreu.

 

El mundo está cambiando a pasos agigantados, la pandemia del coronavirus ha obligado a cuestionarnos todo aquello que considerábamos inamovible y, además, el concepto de frontera hace años que se ha difuminado gracias al auge de las comunicaciones online. Sin embargo, la sociedad occidental sigue dejando de lado al colectivo de inmigrantes (y de refugiados) que abandonan sus países de origen con el sueño de encontrar una vida mejor en otras latitudes. Lo que para muchos es un error del sistema debido a problemas externos (guerras, crisis económicas o cambio climático), para otros se ha convertido en una necesidad sanitaria de primera magnitud. Este es el caso del doctor Joseba Achotegui, psiquiatra español conocido por haber descrito el Síndrome de Ulises, además de ser el director del SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados) del Hospital Sant Pere Claver de Barcelona y profesor titular de la Universidad de Barcelona. Aprovechando su participación en el acto inaugural de la Sociedad Española de Psicoanálisis el próximo 18 de septiembre, hemos conversado con él para conocer más detalles sobre su apasionante carrera profesional y los cambios más importantes que se han vivido en el ámbito de la atención a inmigrantes. Una historia de duelos extremos y de sueños de esperanza que se escribe en estricto presente.

 

Le propongo remontarnos a los inicios de su trayectoria profesional. ¿En qué momento de su carrera confluyeron la psiquiatría y el interés por la situación de los inmigrantes?

Empecé a investigar este tema a principios de los años 80. Ha llovido bastante desde entonces y eso es interesante porque te da una perspectiva diacrónica muy amplia de un tema que ha ido cambiando muchísimo. Empecé en la Fundació Vidal i Barraquer de Barcelona y las personas que pusieron en marcha esta línea de trabajo fueron los psiquiatras Jordi Font y Jorge Tizón. Pero, cosas de la vida, yo he sido el que ha continuado ese trabajo de una manera más intensa. Además, provengo del País Vasco, un lugar en el que ha habido muchísimas emigraciones e inmigraciones. Precisamente ahora publicaré un libro con la Universidad de Reno sobre las emigraciones vascas porque he estado investigando en el oeste norteamericano donde hay decenas de miles de vascos que trabajaron de pastores.

 

Según su punto de vista, ¿cuáles han sido los cambios más significativos en la situación del inmigrante desde que empezó a estudiar este tema?

Ha habido una globalización enorme y también un empeoramiento de las condiciones de la migración. En la década de los 90 organicé un dispensario de atención a inmigrantes en el Hospital de Sant Pere Claver, en la zona del puerto de Barcelona. Allí he vivido anécdotas que describen muy bien cómo son las cosas. A principios de los 90 le pregunté a un inmigrante: “¿Cómo lleva el tema de los papeles?”. Y su respuesta fue: “Doctor, sé que tengo que hacerlo, pero ahora estoy muy ocupado”. A partir del año 2000, cuando se cerraron las fronteras por presiones de la Unión Europea, nos encontramos con que la migración cada vez era más penosa. En marzo de 2004, cuando su país todavía no estaba en la Unión Europea, un ciudadano polaco quedó mutilado en los atentados de Atocha y dijo: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida porque, gracias al atentado, me dan los papeles”. Imagínate como cambiaron las cosas en 10 años, desde una persona que decía que no tenía tiempo para gestionar los papeles a otra que, mutilada, decía que estaba contenta por haberlos conseguido. Es terrible cómo todo se ha complicado y deteriorado.

 

La realidad de los inmigrantes en España empezó a cambiar debido a las presiones de las políticas migratorias de la Unión Europea. ¿A qué se debió ese fortalecimiento del control migratorio?

Europa pidió a España que hiciera de gendarme en el Mediterráneo y coincidió con el gobierno de Aznar, que tenía una línea más dura en esos temas. La Unión Europea también fue modificando sus actitudes, de más abiertas y tolerantes a más cerradas debido a una serie de cambios que ha habido en el sistema político. El resultado es que las políticas migratorias son cada vez más duras. Entonces empezaron las pateras, los muertos, la soledad y la indefensión. Todo esto me llevó a decir: “Bueno, esto lo he leído en algún sitio, es como la Odisea de Ulises. Indefensión, soledad y miedo”. De ahí salió la idea del Síndrome de Ulises.

 

Este síndrome con ecos literarios describe el duelo y el estrés que viven los inmigrantes. ¿Cree que los relatos políticos alarmistas condicionan la visión que tenemos de este colectivo?

Los discursos alarmistas pueden venir de partidos de extrema derecha, aunque en una versión más moderada también los encontramos en el resto de partidos porque acaban diciendo que la inmigración es un problema. Hay una idea muy perversa que nos lleva a lo psicoanalítico: se expulsa a una parte de los inmigrantes, pero a otra se la deja quedar porque es muy importante, sino tú y yo no podríamos comprar tomates ni manzanas. Se dice una cosa, pero se hace otra. Como médico veo la parte humana, unas personas que están sufriendo mucho porque están solas, asustadas y sin derechos. La realidad es que se está utilizando a esta población como mano de obra esclavizada. Son los perdedores de esa globalización que también ha tenido cosas muy buenas.

 

Supongo que es la hipocresía de la sociedad occidental, que cierra los ojos a ciertas realidades muy comprometidas para mantener la ilusión del estado del bienestar.

Me gusta ver la palabra “inmigrante” en positivo porque la historia de la humanidad es una historia de migraciones. Incluso le puse el nombre de Síndrome de Ulises para valorar y dignificar a esas personas. Son héroes porque tienen unos valores y una capacidad de resistencia impresionantes. Creo que no se reconoce su realidad y esto nos deshumaniza a todos. Hay gente que propone no usar la palabra “inmigrante”, pero encontraremos una de nueva y en dos días volverá a parecernos despectiva si se usa con un sentido negativo. Tengo descrito que hay siete grandes duelos en la migración: la familia y los seres queridos, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el contacto con el grupo de pertenencia y los riesgos para la integridad física. No todo el mundo es capaz de afrontarlos y creo que la figura del emigrante debería estar mucho más valorada.

 

En los últimos años ha habido un gran aumento del número de refugiados debido a guerras como la de Siria. ¿Qué necesidades tiene este colectivo frente al resto de inmigrantes?

Es un tema muy importante. Nosotros ya vimos a los refugiados de la guerra de los Balcanes en la década de los 90 y considero que todos son inmigrantes por igual. Toda persona que sale de su país, por las circunstancias que sean, es un inmigrante. Es cierto que ahora vemos bastantes casos de refugiados de la guerra de Siria, pero me gustaría hacer una matización. Por ejemplo, a la población de muchas zonas de África y de Asia que llega a Europa no se la considera refugiada, aunque tiene unas circunstancias muy parecidas. Hay guerras de las que nadie habla y viven situaciones de una violencia estructural tremenda. El refugiado, de alguna manera, es una figura que aparece después de la Segunda Guerra Mundial en otro tipo de contexto. Sin embargo, en el mundo actual, no hay demasiadas diferencias entre el inmigrante en situación extrema que se muere de hambre y huye de una dictadura que nadie reconoce en occidente y un refugiado que viene de una guerra. La diferencia es que algunos países occidentales dicen: “Estos sí que viven una situación especial”. Según mi experiencia, hay mucha gente que está igual o peor que en Siria, pero no se les concederá el estatuto de refugiado porque se considera que su país no tiene ningún problema. Hay mucha hipocresía e intereses. Para mí, toda persona que se marcha de su país es un inmigrante, sea rico, sea pobre o venga de una guerra. Debemos ver las circunstancias concretas, más allá de lo que se diga sobre los refugiados.

 

¿Es conveniente algún tipo de formación específica para los profesionales de la salud mental que se dedican al ámbito de la inmigración? ¿Qué servicios serían necesarios?

Es un tema pendiente porque se trata de una problemática específica. Hablábamos sobre los siete duelos de la migración, que no son lo mismo que otros tipos de duelo. Por ejemplo, el duelo por la muerte de un ser querido es muy diferente del duelo migratorio. Conocer todo esto requiere una formación y debería estar más presente en la agenda de los estudiantes de psicoanálisis, psicología y medicina. Al final, no deja de ser una postura un poco racista el considerar que todo eso no tiene importancia o que el esfuerzo tiene que hacerlo solo el que viene de fuera. Hay que entender que existen diferentes culturas, diferentes mentalidades y diferentes situaciones sociales. Y los profesionales deben estar formados para trabajar adecuadamente. Cuando alguien tiene diabetes, el médico lo manda a un especialista, pero con el tema de la inmigración, la gente hace lo que puede y parece que les estás haciendo un favor al atenderlos. Eso no deja de ser una forma de paternalismo y de racismo. Esas personas merecen una atención de la máxima calidad.

 

Desde los medios de comunicación llegan muchas noticias de incidentes relacionados con los MENA. ¿Qué cuestiones deberíamos reconsiderar en la atención que se ofrece a este colectivo?

La situación de los menores extranjeros no acompañados es un buen ejemplo porque ahí se ven los estereotipos sociales y cómo los medios de comunicación abordan el tema. Es lo mismo que sucedía en España en los años 60 y 70 con gente que venía de las zonas rurales, iba a las escuelas profesionales y tenía ganas de tirar hacia delante. Estos chicos llegan, sobre todo, enviados por sus propias familias porque piensan que en Europa van a tener un futuro mejor. La mayoría son chavales estupendos, con muchas ganas de estudiar, de trabajar y de salir hacia delante. El encargado de un centro forestal que trabaja con MENA me dijo el otro día que no había visto nunca a gente que trabajara con tantas ganas en toda su carrera. Sin embargo, existe el estereotipo de que son de cierta manera y, evidentemente, algunos pueden cumplirlo por culpa de la exclusión que se está generando. Si hay algún chaval que tiene cierta potencialidad complicada, se le ofrecen todos los ingredientes para desarrollarla. Si estos chicos tuvieran la posibilidad de estudiar, estarían encantados y aportarían muchísimo. Pero se los condena a la marginalidad, se los excluye y se les ponen trabas. Y luego, si las cosas no van bien, la culpa es suya.

 

Las principales figuras del psicoanálisis sufrieron el desarraigo y la imposición del abandono de sus hogares durante la II Guerra Mundial. ¿Considera que los gestores de la atención a la inmigración tienen en cuenta actualmente el psicoanálisis?

He conocido a León Grinberg y a Rebeca Grinberg, que fueron figuras muy importantes dentro del psicoanálisis y se interesaron por la migración. Podríamos considerar que la inmigración ha sido un tema muy relevante en el psicoanálisis por las propias biografías de gente como Melanie Klein, que tuvo que marcharse a Londres huyendo de los nazis e incluso del propio Freud. La historia de psicoanalistas perseguidos, muchos de ellos judíos, es interminable. Creo que el paradigma que más ha aportado al estudio de la migración es el psicoanalítico. Hay que recuperar raíces y, de alguna manera, readaptar un poco las cosas para la nueva etapa. Pero el psicoanálisis puede enorgullecerse de haber tenido una gran sensibilidad. Yo me he formado en la Sociedad Española de Psicoanálisis, he estado muchos años allí de alumno y que me haya dedicado al estudio de la inmigración viene de mis raíces psicoanalíticas. Donde mejor se encuadra el concepto de duelo migratorio es en el psicoanálisis.

 

El coronavirus ha generado unas reflexiones muy potentes en algunos ámbitos de la sociedad, incluso en temas relacionados con la inmigración. ¿Ha llegado a alguna conclusión personal?

He notado que la población inmigrante que ya vivía en una situación muy mala desde la crisis del 2008, ahora lo está pasando todavía peor. Vemos a gente que vive en la calle y que tiene problemas muy graves de exclusión social. Es un tema que se debería abordar pronto para poder ayudarlos. A nivel clínico, en el dispensario del SAPPIR del Hospital Sant Pere Claver hemos atendido casos de personas que han vivido este periodo con mucha ansiedad. Creo que desde la administración no se ha actuado bien porque no se ha informado a los inmigrantes en sus propias lenguas. Por ejemplo, a una refugiada siria que atendí varias veces por teléfono le pregunté un día cómo estaba y si había salido a pasear, y me respondió: “Doctor, ¿como voy a salir si estamos en confinamiento?”. Resulta que el confinamiento ya hacia tres semanas que había terminado y su familia seguía encerrada en casa. Esa señora se puso a dar voces, diciéndoles que ya podían salir a la calle.

 

El próximo 18 de septiembre participará en el acto inaugural de la Sociedad Española de Psicoanálisis, que girará en torno al tema de “Inmigración y Psicoanálisis”. Puede que sea necesario mirar hacia atrás para saber dónde estamos e intuir cómo será el futuro…

Me gustaría hablar sobre la situación mental de los inmigrantes y de cómo los muros se han hecho todavía más altos para esta comunidad a causa del coronavirus. Estamos viviendo una especie de Síndrome de Ulises reforzado con estresores más intensos. Considero que este síndrome no es un trastorno mental, sino un cuadro de duelo migratorio extremo porque se debe a situaciones inhumanas que está viviendo mucha población inmigrante. Sin embargo, no caen en la enfermedad porque estos hombres y mujeres son capaces de aguantar gracias a su resiliencia. Eso sí, con mucho sufrimiento. Y esa es la metáfora de Ulises: el sufrimiento del que está viviendo una situación extrema.

 

Para terminar la entrevista, ¿podría contarnos en qué proyectos está trabajando actualmente y qué papel juega la clínica en este momento de su carrera profesional?

Mi idea es escribir un libro sobre psicoanálisis y evolucionismo, un tema apasionante. Y desde una perspectiva más general, hace tiempo que estoy trabajando en el tema de la biopolítica. Todo lo que ocurre en el área de la salud se da en un marco social y cultural, y el concepto de biopolítica de Foucault resulta muy interesante. Realmente, si no hubiera escuchado a la gente en el dispensario no hubiera visto los cambios que hubo cuando se cerraron las fronteras. Creo que el contacto con la clínica es fundamental, sino acabas haciendo especulaciones. El SAPPIR ha sido un observatorio muy bueno, que nos ha ayudado mucho a entender lo que estaba pasando y lo que estaba cambiando en las migraciones.

 

Para más información:

https://josebaachotegui.com