Al empezar a abordar este tema, lo primero que sentí fue que era una inexperta en frente de una situación como la que estamos viviendo. Lo que ha sucedido estos últimos meses con la pandemia resulta inédito y lo estamos viviendo al mismo tiempo como víctimas y como profesionales de la salud mental, bajo el impacto de la ansiedad, de los cambios en nuestra vida, de los duelos y de las separaciones. Sentirlo tan cerca también nos ayuda a ser empáticos con las familias y los niños que nos consultan.

A lo largo de estos meses hemos visto varias formas de reaccionar porque esta situación ha despertado antiguos mecanismos de defensa y varias formas de negación como “esto está pasando lejos de nosotros” o “esto no va conmigo”, como también se podía pensar con la Ébola en África o con el SARS en algunos países de Asia. El coronavirus ha entrado en el corazón de los países desarrollados y ha afectado profundamente a la población, a las costumbres y a la vida en todos los sentidos y ha planteado de una forma muy aguda la percepción de nuestra vulnerabilidad. Resulta que nuestro cuerpo tiene unos límites. Estamos hechos de “material fungible” y ha entrado el miedo que nos afecta a todos.

En este momento en que ya estamos pensando y programando el desconfinamiento, después de la experiencia personal y profesional que me ha proporcionado el vivir este proceso, quizá me siento menos inexperta que al principio. Como mínimo, ahora puedo comunicar mis experiencias, lo que he visto y lo que he podido pensar sobre el tema que propongo: cómo afecta a los niños este proceso de desconfinamiento, después de haber vivido dos meses o más de confinamiento en su casa.

Para llegar al tema del desconfinamiento, tengo que hacer referencia al periodo anterior (el confinamiento) que obligó a que los niños dejaran la escuela y sus antiguas costumbres para encontrarse en una situación nunca antes vivida. Ha sido una situación de cambio, a menudo traumático, y también de reestructuración familiar.

La situación de la pandemia y la amenaza del coronavirus despierta varias emociones como el MIEDO:

  • Temor a algo invisible que está entre nosotros y que es tan pequeño como un virus y, al mismo tiempo, tan poderoso que puede acabar con nuestra vida. La respuesta puede despertar defensas paranoides frente a una amenaza desconocida e invisible.
  • Podríamos pensar que algunos de estos miedos podrían calificarse como ansiedades arcaicas y terrores sin nombre.
  • Miedo a la enfermedad y a la muerte.
  • Pérdidas y duelos.

Hemos visto reacciones diversas en los niños que podrían agruparse, al menos, en 3 grandes factores:

A) La edad: a lo largo de la infancia, el niño va pasando por diferentes estados de la mente y ganando en capacidades de comprensión, de empatía y de pensamiento simbólico. Sabemos que, en función del momento evolutivo, la información que les damos tiene que adaptarse a estas capacidades y tendría que transmitir la seguridad prudente del adulto que conoce el riesgo y también sabe cómo protegerse y protegerlos. También hay que saber o intuir aspectos relacionados con cómo aquel niño o niña reaccionará y cómo será capaz de mentalizar sus emociones y, eventualmente, las de los demás.

B) La capacidad de pensamiento simbólico, en aquel momento, no solo depende del desarrollo del niño, sino también del quantum de ansiedad con el que le han transmitido la información y la ha recibido, de la capacidad de los adultos-familia de proporcionar una información adecuada para su edad y condición, y de transmitir esta seguridad prudente que comentaba antes. También depende de cómo se ha vivido dentro de la familia: no solo cómo se explica, sino también cómo se transmite y se vive. Los padres y los maestros, como adultos continentes, tenemos la función de ayudar a mentalizar, a contener y a transformar sus miedos.

C) Como transcurre el confinamiento. En qué condiciones emocionales aquella familia y aquel entorno ha podido procesar la situación. De aquí se deriva también el ambiente, el entorno que rodea al niño mentalmente. Las condiciones emocionales son preferentes, pero también tenemos que mencionar que hay condiciones físicas diferentes. Por ejemplo, es muy distinto vivir en un piso muy pequeño, con pocas salidas al exterior y siendo una familia numerosa con pocos recursos, que vivir en un piso con terraza o en una casa con jardín o en el campo. He leído en una publicación que una fundación de protección a la infancia alerta de que han recibido un número muy elevado de llamadas denunciando maltratos. Otros autores ya temían que, con el confinamiento, aumentara el riesgo de la violencia en la familia.

Otra forma de estudiar los efectos del desconfinamiento es analizarlos en función de las condiciones externas o internas. ¿Cuáles pueden contribuir positivamente a la maduración y a la mejora psicológica, disminuyendo ansiedades? ¿Cuáles pueden hacer evolucionar hacia dificultades en el equilibrio emocional, confundiendo con una falsa mejora o curación? ¿Cuáles han incrementado la ansiedad, la confusión o las condiciones patológicas previas al confinamiento? Para reflexionar sobre estos temas tendríamos que volver a pensar en los tres factores que citaba al principio: la edad del niño o niña, la capacidad de pensamiento simbólico y las condiciones en que ha transcurrido el confinamiento.

 

¿Puede tener aspectos beneficiosos?

Creemos que ha sido beneficioso cuando se ha podido fomentar el aprendizaje de la solidaridad y de la capacidad de pensar en el bien de los demás, por ejemplo, de los abuelos o de las personas más frágiles. También ha sido positivo porque en algunas familias se han disfrutado de más horas de convivencia familiar y de más contacto entre padres e hijos que antes. Un tiempo que, en una situación habitual previa a la pandemia, no hubiéramos podido tener. Seguir unos ritmos y unas pautas con unos horarios más o menos adaptados a la situación también ha permitido aprender cosas, pero esta vez desde casa. La casa y la familia vivida como una protección para facilitar el pensamiento.

Ha habido padres que nos han manifestado que el confinamiento ha contribuido a conocer mejor a sus hijos y que han aprendido a jugar con ellos. Algunos han descubierto que les costaba jugar y nos pedían herramientas y actividades para hacer a casa. Padres que, acostumbrados al ritmo que vivían antes (con el trabajo y las actividades extraescolares), tenían poco tiempo y espacio para el juego. Esta es una parte de la realidad que hemos podido percibir. Una realidad alentadora porque nos hacía pensar que se abría una ventana hacia una mejora en las relaciones entre padres e hijos.

Aunque no todas las experiencias han sido iguales. También nos ha preocupado ver otras situaciones en las que el confinamiento, como experiencia traumática, ha aumentado las malas relaciones y el maltrato, ha potenciado los miedos existentes o ha hecho que surjan síntomas que han hecho la función de un llamamiento de auxilio. Estos casos han sido como la punta del iceberg de un conflicto mucho mes profundo, como pueden ser síntomas claustrofóbicos o agorafóbicos. Veamos algunos ejemplos:

Ejemplo 1: Laura es una niña de 6 años y medio que consultó porque se quejaba de cefaleas. Después de varias exploraciones médicas se vio que no estaban relacionadas con ninguna causa orgánica. Laura tiene una hermana más pequeña con la cual se sentía en conflicto, con unos celos que no manifestaba. Realizó una psicoterapia breve con la cual mejoró las cefaleas hasta que desaparecieron.

Al empezar el confinamiento, los padres pidieron hablar con algún profesional debido a que Laura había iniciado una conducta con muchas pataletas y respuestas violentas. Además, la niña pedía explícitamente hablar con su terapeuta. En este caso, estábamos en pleno confinamiento y se hizo un trabajo psicoterapéutico breve online. Lo que se vio es que Laura esperaba que, con el confinamiento, tendría a sus padres para ella todo el tiempo y resultó que ambos trabajaban desde casa y no tenían tiempo para nada. Hablando con su terapeuta, le expresó: “Entiendo que el trabajo es muy importante, pero lo que yo esperaba era tener más tiempo para estar con mis padres”. El síntoma era la manifestación de un conflicto en una niña con confianza en el proceso psicoterapéutico anterior, donde se le ofreció la posibilidad de poder expresarlo y poder confiar en él cuando no sabe cómo entender su rabia.

Ejemplo 2: Pol es un niño de 7 años que vino a la consulta en enero de este año a causa del inicio de una fobia escolar. Le costaba ir a la escuela, sobre todo después de los fines de semana, y siempre había tenido dificultades con las separaciones. Pasada la primera consulta solo hubo tiempo de hacer una parte de la exploración psicológica cuando ya empezó el confinamiento. Su profesional referente llamó a los padres al cabo de unos días dentro del marco del trabajo a distancia. Respondió la madre y le explicó que Pol estaba muy bien. Ya no tenía miedo y cada tarde salía al balcón a aplaudir, pero él aplaudía al coronavirus y le daba las gracias por no tener que ir a la escuela. Nos preocupó la situación porque estaban confundiendo una circunstancia (el confinamiento obligado) que había hecho desaparecer los síntomas con un tipo de pensamiento mágico, ocultando el verdadero conflicto.

Continuaremos trabajando con los niños y los padres que hemos identificado en este periodo. Como profesionales, nos dan confianza las familias que están abiertas a descubrir más cosas que las hagan progresar, ayudando a sus hijos. Aquellos niños y niñas que nos manifiestan que tienen ganas de volver a ver a los compañeros y amigos. Y también aquellos que nos confiesan que ahora, al abrirse un poco más el confinamiento, tienen miedo. Por ejemplo, un niño de 10 años decía: “Ahora si que puedes contagiarte de verdad, en casa no lo pensaba”. Esta frase transmite que el confinamiento en casa y con la familia había provocado un sentimiento de protección y de confianza en los adultos que los cuidan y en la sensación de la casa protectora. Pero que cuidándose cómo se han sentido cuidados y protegiéndose a ellos mismos, pueden salir de casa progresivamente, no sin dificultades, para volver a explorar el mundo.

 

Por Mª Teresa Miró Coll