Los niños con trastorno del espectro autista (TEA) necesitan vivir en un medio invariable porque los cambios les desencadenan ansiedades catastróficas. Sus conductas repetitivas y sus repliegues los protegen frente a la ansiedad. Con el confinamiento repentino, tuvieron que enfrentarse a un mundo donde todo su entorno cambió. Incluso sus padres y cuidadores, al estar invadidos por ansiedades catastróficas y persecutorias (a causa del Covid), cambiaron sus conductas habituales.

Debemos recordar que los niños con TEA captan el mínimo cambio del estado emocional del otro, a pesar de que no lo pueden reconocer. Durante el confinamiento, sus cuidadores y terapeutas desaparecieron o estaban viviendo una incertidumbre tan grande que tampoco se comportaban como antes. Esto hizo que aparecieran conductas regresivas y que se desencadenaran alarmas porque parecía que perdían los progresos hechos. Lo mismo pasará con el desconfinamiento: el entorno no será como antes y se encontrarán con unos terapeutas por lo pronto asustados y llenos de incertidumbre con el hacer y el estar.

La primera dificultad será como explicarlo. Se ha hecho y se tendrá que hacer teniendo en cuenta el nivel de simbolización de cada niño. En los casos más graves, por las dificultades de comunicación y de simbolización, la expresión de su desazón ha sido más corporal, de autosensorialidad aumentada, de hiperactividad o de pasividad extremas, de crisis de agitación, de agresividad, de enganche autosensorial a las madres o incluso a objetos. Los más evolucionados han sufrido trastornos de sueño, aumento de rituales y de obsesiones (por ejemplo, obsesión con los coches), enganche a videos y cierre en sus aficiones. Ayudar a los padres a establecer rutinas diarias ha hecho que mejoraran y estar mucho en su lado para ayudarlos a resultado muy beneficioso en todos estos casos.

Para otros niños, el confinamiento ha sido un refugio que los ha tranquilizado mucho. El problema será el desconfinamiento. Los más evolucionados y con un nivel simbólico más alto lo han expresado mediante dibujos que representaban el Covid o escritos que mostraban, sobre todo, ansiedades persecutorias y catastróficas. Las videoconferencias después de las dificultades iniciales han resultado muy provechosas, aunque algunas personas no las han tolerado. Un paciente asperger de muy alto nivel cognitivo me dijo: “No quiero Skype, tú estás, pero no estás”. Con estas palabras creo que expresó todo aquello que le hacía sentir permanentemente la distancia. En cambio, hay casos que ya no quieren volver a la sesión presencial. Por este motivo, los profesionales de la salud mental han tenido que poner mucha imaginación e inventarse maneras de actuar teniendo en cuenta el estado mental de los niños.

Lo que está claro es que, durante la etapa del confinamiento, los padres ayudados por los terapeutas han pasado muchas horas seguidas con sus hijos y han vivido una buena experiencia al descubrir su capacidad de contención y de creatividad.

 

Llúcia Viloca