Por Rosa Velasco

El pasado 30 de noviembre, la psicoanalista y miembro de la SEP Rosa Velasco impartió una docencia en el Hospital Universitario La Paz de Madrid basada en su trabajo “Tratamiento del abuso sexual: sumergiéndonos en la experiencia y en el contexto”. El objetivo era compartir con médicos, psicólogos, psicoterapeutas y psicoanalistas el trabajo con pacientes que han sufrido un abuso sexual en la infancia. El tratamiento analítico ayuda a transformar en el paciente adulto aquellas secuelas emocionales derivadas de la experiencia del abuso, por ejemplo, convicciones de ser alguien “defectuoso” o que no aporta valor a una relación. Acoger dolor mental, sentimientos de culpa y vergüenza es una parte central a lo largo del proceso analítico.

El analista ayuda al paciente a conectar con la experiencia de vulnerabilidad en los distintos contextos de su vida. Los seres humanos somos así de particulares porque a más reconocimiento y aceptación de nuestras fragilidades, más consistentes somos. Pero no basta con acoger la experiencia, porque como profesionales tenemos que poder identificar y reconocer el contexto en el que se originó, tal y como nos recuerda Cortina (2017), citando la célebre frase del filósofo español del siglo XX, Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

En el análisis se pueden nombrar el silencio, las circunstancias o el ambiente que rodea al yo. De este modo se construye una narrativa que organiza al sujeto. La historia es importante. En el proceso terapéutico se transforman convicciones que bloqueaban el desarrollo de la mente, atravesando sensaciones y sentimientos. Expresar emociones humaniza la imagen que tenemos de nosotros mismos, contribuyendo al desarrollo de la empatía. La empatía es la principal herramienta de la capacidad relacional. Una capacidad para la que los humanos estamos potencialmente dotados, pero necesitamos practicar. El cerebro es uso-dependiente porque cuánto más uso de la capacidad potencial de sintonizar emocionalmente, más desarrollo de la mente conseguimos. Siempre y cuando el punto de partida para que esta sintonía con los demás sea una genuina conexión con la propia experiencia emocional. Una mente protectora, aquella que puede acoger dolor mental (propio y ajeno), es siempre un resultado del crecimiento. Los seres humanos dedicamos toda la vida a intentar alcanzar esta maduración, aunque sepamos que no es posible alcanzarla del todo. Vale la pena el esfuerzo dedicado a conseguir que la vida fluya en esta dirección