Por M.C. Saavedra Mateos

Existe el juicio extendido de que las terapias psicoanalíticas están pasadas de moda, sin embargo, el psicoanálisis es una disciplina viva que tiene como esencia la relevancia de las relaciones humanas en general y terapéuticas en particular y sigue siendo hoy en día tan actual como lo fue en los tiempos de Freud, pues el sufrimiento humano es tan actual como entonces. La necesidad de cada uno de conocer las causas, inconscientes en muchas ocasiones, que nos llevan a sufrir es universal y atemporal. Sin el autoconocimiento, nada de lo que venga de fuera podría ser valorado, amado, aprovechado o rechazado, si fuera el caso. El psicoanálisis se nos presenta, por lo tanto, como vía para llegar a ese autoconocimiento.

En el año 400 antes de Cristo, Hipócrates describió por primera vez que, de todas las partes del cuerpo, el cerebro era la sede de las experiencias, las sensaciones y la inteligencia. Desde entonces hasta hoy, las neurociencias han aportado importantísimos descubrimientos cerebrales y, en uno de ellos, se volvió a colocar otro elemento nuevo en nuestro cerebro: el inconsciente. Esa ocasión la protagonizo Freud en el siglo XIX y su estudio lo han continuado Klein, Bion, Bick, Meltzer y, aún hoy, miles de profesionales de la salud mental en todo el mundo.

El psicoanálisis es, por lo tanto, antiguo y actual porque su nacimiento aportó la visión más coherente e intelectualmente satisfactoria de la mente. Nos ha aportado la naturaleza de los procesos mentales inconscientes, ha conceptualizado la transferencia, ha estimulado áreas de investigación como la observación de la vida emocional de los niños o el análisis experimental del apego. Además, ha aportado una técnica concreta para investigar la mente humana y un modelo de la misma cuando no existía aún ninguno que la biología pudiera aportar.

Su método es, a la vez, investigador y terapéutico pues resulta de utilidad para tratar los síntomas psicopatológicos. Y su técnica se sirve de la asociación libre y la interpretación de los sueños, entre otros, hoy en día vigentes como la “vía regia” para conocer el mundo interno que habita y constituye nuestro cerebro menos consciente. Dentro del ámbito colectivo de la sociedad científica en general, el psicoanálisis está inmerso dentro de las neurociencias pues el nacimiento de las teorías psicoanalíticas aportó a la biología una guía para su propio desarrollo. Baste recordar que cuando Freud escribió “Una psicología para neurólogos”, avanzo en sus hipótesis más que la propia biología.

En el otro nivel, el individual, el psicoanálisis nos ayuda a discriminar los aspectos saludables de los patológicos dentro del psiquismo, cuando aparecen síntomas que no son sinónimos de patología, sino de salud. Es decir, síntomas que aparecen por la resolución de un conflicto, siendo por tanto muestra de avance y no de patología. Por este motivo, para el psicoanálisis, el diagnóstico de normalidad mental requiere que nos podamos apartar de lo meramente estadístico, pues a veces, esos criterios, aunque necesarios en otros ámbitos, están lejos de dar cuenta de la responsabilidad psíquica personal y de la ética del mundo interno.

El psicoanálisis posee, además, algo exclusivo, porque es la única disciplina en la que el vínculo es en sí mismo una herramienta terapéutica y un espacio de investigación donde minuto a minuto se profundiza, se gesta la relación y se hace una terapia que transforma esta comprensión en una característica de la personalidad: la función analítica.

Considero que en la situación actual en la que se sabe que existe una relación entre el consciente, el pre-consciente de Freud y el córtex prefrontal, ahora que se han emparejado las experiencias tempranas difíciles tan estudiadas por el psicoanálisis, con una mayor respuesta al CRF (factor liberador de corticotropina) ante el estrés, o ahora que se ha podido demostrar que existen cambios en estructuras o funciones neuronales tras una intervención psicoterapéutica y que se sabe que los antidepresivos ISRS suben la serotonina pero que la psicoterapia también la sube, creo que es el momento de que se construyan y refuercen los puentes entre el psicoanálisis y la biología, estableciendo una colaboración entre los descubrimientos psicoanalíticos acerca del modelo de la mente y los hallazgos biológicos.

Aunque no seria bueno ni posible que un enfoque neurobiológico de cuestiones psicoanalíticas redujera los conceptos psicoanalíticos a los neurobiológicos, ya que las agendas del psicoanálisis, la psicología cognitiva y la neurociencia pueden superponerse, pero en modo alguno son idénticas. El papel de la biología en esta tarea sería iluminar las direcciones que tienen más probabilidades de proporcionar una visión más profunda de los procesos paradigmáticos específicos. La fuerza de la biología es su rigurosa forma de pensar y la profundidad de su análisis. Los puntos fuertes del psicoanálisis son su amplia perspectiva y la capacidad de manejar niveles complejos, inabordables aún por la biología, y el conjunto de técnicas que usa, cuya eficacia se ha consolidado con los años y la experiencia. El psicoanálisis podría hacer de tutor experto y orientado a la realidad de una comprensión sofisticada de la mente-cerebro.

Y en otro orden de cosas, en una sociedad donde se prefiere la comunicación a través de textos escritos donde la gente está a salvo de los imprevistos emocionales y de los pensamientos inesperados que surgen en el seno de cualquier conversación, creo que el psicoanálisis se hace más necesario que nunca. Preguntarnos si sigue siendo vigente sería como preguntarnos: ¿está vigente la aspirina? Según para lo que se use, pero, desde luego, que lo está. Lo que ocurre es que no vale para todo y el psicoanálisis, habiendo sido científico en sus propósitos, no lo pudo ser en su método. Como dice Kandel, la biología se impone a los seres humanos, que en eso no son distintos del resto de los animales. Pero en este viaje a los entresijos del cerebro nos recuerda que para esa máquina las limitaciones son también posibilidades.