El 15 de noviembre se presentó en la sede de la SEP el Equipo Clínico de Intervención a Domicilio (ECID) de la Fundación Vidal i Barraquer, que trabaja en Badalona. La presentación corrió a cargo de Mark Dangerfield (psicólogo clínico, psicoanalista de la SEP-IPA y coordinador de este servicio) y de Jordi Artigue (psicólogo clínico y psicoanalista del IPB).

En la presentación se explicaron los orígenes del ECID a través del trabajo de Mark Dangerfield en el Hospital de Día de Adolescentes de Badalona, de la misma Fundación Vidal i Barraquer. El estudio e investigación sobre este trabajo con adolescentes mostró como aquellos que tienen muchas dificultades de vinculación, a menudo acaban excluidos del sistema educativo y son especialmente vulnerables en relación al trastorno mental. Son personas que ya no buscan ayuda dada la acumulación de experiencias adversas que han tenido con los adultos: carencia de apoyo emocional, negligencias, abusos y, en definitiva, la transmisión del trauma transgeneracional.

Mark Dangerfield, Ana Ferrer i Jordi Artigue

El ECID nace para ayudar a estos adolescentes en base a la experiencia del Anna Freud Center de Londres, que, desde la teoría de la mentalización, ha desarrollado varios programas y recursos para el tratamiento de este tipo de chicos y chicas. El ECID se basa en crear un vínculo de confianza con adolescentes (confianza epistémica), sabiendo que la capacidad de mentalización no se hereda genéticamente, sino que se desarrolla mediante las vinculaciones de apego seguro. Estos chicos y chicas a menudo no han podido tener estas experiencias y son hipervigilantes de los adultos porque están atemorizados ante un nuevo fracaso relacional. La desconfianza genera rigidez y rechazo.

El primer paso es hacerle sentir al chico o la chica que somos nosotros los que estamos interesados en ellos, que necesitamos que ellos nos ayuden a pensar qué podemos hacer para se sientan mejor. Tenemos que adaptarnos a sus limitadas y dañadas capacidades de vinculación. Por eso se propone un cambio en nuestra forma de aproximación y también un cambio a la red de profesionales que atienen a estos adolescentes. Es el modelo de trabajo AMBIT (Adolescente Metalizing Based Intervention Treatment), una propuesta para trabajar con jóvenes en situación de riesgo psicopatológico y social.

Desde AMBIT se propone trabajar en cuatro áreas: con el usuario (plan terapéutico), con la red de profesionales que intervienen en un caso, con el mismo equipo (espacio de supervisión) y aprender del propio trabajo (analizando la práctica). El ECID prioriza que el chico o la chica pueda establecer una relación de confianza con alguno de los profesionales del equipo, independientemente de su rol profesional. El objetivo es que estos adolescentes puedan experimentar una forma de relación diferente a las que han tenido previamente y que esto les aporte confianza en sí mismos, de forma que se sientan capaces para modificar algunas de las relaciones “tóxicas” que tienen.

Esta forma de trabajar se ilustró con un caso titulado “Bueno, tú no vives en mí mundo”. Se trata de un chico de 14 años que, desde hacía 3 años, no asistía al IES. Vive con la madre, los padres están separados y al padre se le oculta el absentismo escolar de su hijo. Predomina una relación fusional con la madre. Su actividad fundamental era ver documentales y jugar en Internet. La intervención se realiza a domicilio y en el barrio. El domicilio es un local acondicionado precariamente como vivienda y esto hace que determinadas entrevistas se hagan paseando por la calle, en un parque o en un bar. El chico aceptó bien que semanalmente hubiera una persona (el psicoterapeuta) con la que salir de casa, pasear por el barrio y hablar de cualquier tema. Con la madre se hacía lo mismo. A los pocos meses y, coincidiendo con el inicio del curso escolar, el chico se reincorporó a sus estudios de la ESO. Previamente se había consensuado con el IES un plan flexible para favorecer la vinculación. También se ha trabajado con los servicios sociales del barrio para ayudar a que se pueda regularizar la situación de su vivienda. Queda pendiente incorporar al padre en algún aspecto de este abordaje, puesto que, a pesar de haber contactado con él, no tiene demasiado interés para conocer a los profesionales que tratan a su hijo.

La explicación del caso sirvió para desarrollar algunos pensamientos sobre las características de estas intervenciones. Son chicos y chicas que no se comunican a nivel emocional y que se refugian en su mundo sensorial. Para hacerlo necesitan cerrarse en una habitación, la suya. Hay otro tipo de chicos, más bien chicas, en las cuales el refugio es la calle y las conductas de riesgo. En ambos perfiles se trataría del refugio psíquico del que habla Steiner. Observamos que el refugio se produce por sentimientos muy profundos de estar desatendidos y por haber tenido experiencias adversas con los adultos. Han perdido la esperanza de que pueda existir una relación de confianza. Mediante las intervenciones a domicilio se pretende sacarlos de esta situación. Siguiendo a Steiner, querríamos hacerlos capaces de “ver y ser vistos”. Ser visto no solo por sus iguales de Internet, sino también por los compañeros de clase, del barrio y de la familia.

Por este motivo “Internet” se integra como una parte de este cierre sensorial porque les ofrece una actividad que les permite vivir sentimientos: competir, ponerse a prueba, entender las lógicas y estrategias de los juegos, ser felices, odiar, frustrarse, etc. Internet proporciona un apoyo ideal a estos púberes y adolescentes para refugiarse y evitar las frustraciones que les generan las relaciones no virtuales.

Con las entrevistas a domicilio estamos interviniendo de forma similar a la técnica de observación terapéutica de bebés. Las familias nos dejan entrar a sus domicilios a observar aquello que, a menudo, les da vergüenza, situaciones conflictivas que no pueden soportar y que les desorientan. Hablar en voz alta con ellas permite abrirnos a la posibilidad de elaborar pensamientos sobre qué está pasando. Como dicen Fonagy y Bateman, “es el pensar juntos”, y por eso han desarrollado instrumentos que lo facilitan, como las cartas de la integración de la mentalización.

El terapeuta tiene que tener curiosidad por el mundo y la mente del chico o la chica, puesto que como dice Marie Saba Veile en el prólogo del libro de J. Magagna “Lo Niño en Silencio”: “Estos tipos de pacientes esperan conectar, pero para poder hacerlo exigen que los otros estén dispuestos a aceptar sus condiciones, que estén capacitados para descifrar un mapa que todavía no han trazado. Una cartografía que van creando, paciente y terapeuta, a medida que se va avanzando. La persona espera, pero solo conectará con quién sospeche que es un aliado”.

 

Por Jordi Artigue Gómez