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IDENTIDAD SEXOGENÉRICA Y COMPRENSIÓN PSICOANALÍTICA

 

 

 

 

 

 

Por Marta Areny

 

El movimiento social sobre la identidad sexogenérica reclama aceptación de la libertad de expresión sexual y de identidad de género de cada uno. También se enfrenta a la concepción binaria y denuncia la marginación que sufren, tanto a nivel personal como laboral, muchas personas.

Como psicoanalistas nos debemos sentir interpelados ante este sufrimiento y debemos revisar las concepciones adquiridas, al mismo tiempo que nos cuestionamos la manera en la que llevamos a cabo la atención psicológica y psicoanalítica con estos pacientes, aunque nos encontramos en un proceso de reflexión frente al surgimiento de nuevas realidades sociológicas y culturales para ver cómo se va desplegando este movimiento (distinguir qué hay de sufrimiento y qué hay de moda) para poder comprenderlo mejor. Al lado de personas que sufren por cuestiones de sexogénero, vemos a otras que, atrapadas en conflictos emocionales distintos, se refugian en el movimiento LGTBI y sienten que forman parte de un grupo. Creen haber encontrado la causa de su mal y esto temporalmente los tranquiliza.

Como profesionales de la salud mental nos preocupa el sufrimiento de las personas y la comprensión de las causas, por este motivo nos interesa entender cuándo se trata de un malestar relacionado con sexo y género, y cuándo se confunde con otras causas.

Desde la clínica de niños, latentes y adolescentes, lo que nos preocupa es que, social y sanitariamente, se tenga en suficiente consideración la necesidad de tiempo y de espacio psíquico que necesita el individuo para adquirir consciencia de sí mismo. Aunque puede haber algunos niños que, por causas biológicas o psicológicas, quedan determinados desde bien pequeños a sentirse de otro sexo, la mayoría juega a hacer de papá y/o mamá, algo que muchas veces se confunde con un “cross gender”. Unos juegan a eso desde la fantasía, sabiendo perfectamente que se trata de un juego. Otros lo hacen con ansiedad y angustia porque el ambiente familiar y los deseos y/o miedos de los padres les llegan, consciente o inconscientemente, y se sienten confundidos entre la realidad y la fantasía. A los primeros se les debería dejar hacer el proceso con tranquilidad y a los segundos se les debería ayudar a descifrar los conflictos emocionales intrapsíquicos a los que se ven abocados al crecer.

La advertencia que se hace desde diferentes sectores sobre la necesidad de ayudar a los niños a poder hacer el cambio de sexo nos parece una manera de aportar confusión a la infancia del individuo. Esta máxima de “he nacido en un cuerpo equivocado” aporta desconcierto. Aunque algunos se encontrarán con el condicionante físico o psíquico de cambio, también es cierto que no se da una casuística bastante grande para suponer que se deba extender la duda a todos los niños. Ciertamente, cuando alguien se ve abocado a realizar un cambio, debe aceptar su diferencia, al mismo tiempo que los demás deben vivirlo con total respeto. La no diferenciación está al servicio de no tener que enfrentarse a las consecuencias, trasladando la propia confusión a los demás.

Durante la época latente, el niño (entre los 6 y los 12 años) necesita un recogimiento y aislamiento para ir elaborando su psicosexualidad. Necesita que se lo deje solo para que el trabajo se haga intrapsíquicamente, sin intervención del adulto y sin intromisiones a su intimidad. De la misma manera, en época adolescente, cuando la ambigüedad y la ambivalencia presiden el crecimiento emocional del individuo, si se los insta a que tomen una decisión rápida o se les recomienda que paren su desarrollo hormonal a la espera de saber de qué sexo querrán ser, esto puede llevar a confusiones y errores. Se les invita a afrontar los cambios sexogenéricos cuanto antes mejor, de acuerdo con los tics actuales de rapidez, individualismo, no tolerancia a la contrariedad y un grado importante de narcisismo. Así tratan de evitar el tiempo y el trabajo de la elaboración mental que comporta ansiedad, conflicto, desazón, ilusión, duelo, renuncia, frustración y aceptación de la realidad individual de cada uno. Con las prisas, el esfuerzo del crecimiento mental pasa a un segundo término y el pensamiento se detiene, haciendo caso sólo a los aspectos fenomenológicos. No se exploran ni el mundo interno ni las fantasías inconscientes que ayudarían a comprender los procesos de identificación.

Paradójicamente, la búsqueda de intervención médica para no tener que asumir / sufrir / comprometerse a un trabajo de comprensión intrapsíquica ni de análisis de las situaciones del entorno cultural y emocional, lleva a tener que asumir / sufrir / comprometerse a la agresión de la ingesta hormonal y a la intervención quirúrgica del cuerpo, en un acto desposeído de simbolismo, esperando que el cambio de cuerpo les libre del sufrimiento psíquico.

Últimamente, el movimiento LGTBI tiene líderes que defienden no tener que someterse a las amputaciones y agresiones quirúrgicas. Estaríamos entrando en una nueva etapa, pero esto aún es muy reciente y, probablemente, sólo tendrán acceso las personas con más capacidad simbólica.

Es tarea del psicoanalista no sólo entender lo que sucede a nivel social e individual, sino también avisar de los peligros que, de cara a la salud mental, tienen las actuaciones que se alejan del vínculo y de la comprensión de la vida psíquica de las personas.

2018-11-13T09:57:52+00:00