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LAS AUTOLESIONES EN LA ADOLESCENCIA

Por M. Jesús Larrauri

Las autolesiones se definen como actos intencionales y autodirigidos que ocasionan daños corporales de baja letalidad realizados para disminuir el estrés. Algunos estudios muestran que, en adolescentes, las prevalencias van del 13 al 23.2% y en la población que acude a los hospitales por atención se ha reportado un incremento de este fenómeno a lo largo del tiempo. Las formas más frecuentes de autolesión corresponden a cortes, golpes y quemaduras. Menos frecuentes son la inserción de objetos bajo la piel, el rascarse en exceso, el morderse, el arrancarse el cabello o la ingesta de cuerpos o líquidos extraños. La edad más frecuente de inicio se sitúa entre los 11 y los 15 años, y la media se encuentra en los 12.5 años. Por otra parte, la mayoría de los comportamientos autolesionantes de este tipo se resuelven espontáneamente. Sin embargo, una parte de los jóvenes que se autolesionan a menudo tienen problemas de salud mental que podrían no resolverse sin tratamiento.

Los factores de riesgo incluyen la desventaja socioeconómica y las enfermedades psiquiátricas, especialmente la depresión, el abuso de sustancias y los trastornos de ansiedad. Los aspectos culturales de algunas sociedades pueden proteger contra el suicidio y la autolesión, y explicar parte de la variación internacional en las tasas de estos eventos. El riesgo de repetición de daño autoinfligido y de suicidio posterior es alto.

Los mecanismos por los que se produce la automutilación todavía no están claros, pero parece que funcionan a través de tres trayectorias:

– La anulación de las emociones no deseadas: como fórmula para distraerse de sentimientos intolerables.

– Su materialización: hacer que la emoción se convierta en dolor tangible.

– Su transformación: la autolesión provoca la relajación de endorfinas. Esto ocasiona cierta “analgesia” que provoca una sensación de bienestar. Desde la vertiente neurofisiológica se ha constatado como la acción de cortarse estimula la segregación de opioides endógenos a nivel cerebral, que producen la sensación de calma y lucidez. De aquí también su componente adictivo.

La exploración clínica, siempre difícil por las dificultades de comunicación de los estados mentales de los propios adolescentes, nos informa que los pacientes las utilizan fundamentalmente con diferentes objetivos:

– Controlar o disminuir la angustia profunda o la ansiedad grave, y lograr así una sensación de alivio.

– Generar una distracción frente a las emociones dolorosas a través del dolor físico.

– Tener una sensación de control sobre el propio cuerpo, los sentimientos o las situaciones de vida.

– Sentir algo, lo que sea (aunque se trate de dolor físico) cuando se siente un vacío emocional.

– Exteriorizar los sentimientos internos.

– Comunicar sentimientos de depresión o de angustia al mundo exterior.

– Castigarse por errores percibidos.

El tipo de malestar emocional del cual desean aliviarse puede dividirse en dos categorías: La mayoría de los individuos que se autolesionan dicen querer aliviarse de situaciones de gran contenido emocional. En este caso afirman poseer emociones tales como enojo, vergüenza, ansiedad, tensión, tristeza, frustración o desprecio. En contraposición, una minoría de individuos se refiere a querer aliviarse de estados en los cuales se experimentan pocas emociones o disociación.

Aunque este tipo de conducta resulte difícil entender en toda su amplitud, escuchamos en boca de muchos adolescentes: “mejor sentir eso que no sentir nada”, “estoy rallado y me calma”, “no puedo dejar de hacerlo”, “tengo mucha rabia y así me descargo”, “no podía más y creí que iba a volverme loca”, “estaba aburrido”. En otros casos, ni siquiera tienen palabras para explicar ni la intención ni la situación emocional que los lleva a pasar a la acción de esa manera.

En el aspecto relacional, la expectativa es que el dolor emocional debe ser gestionado sin recurrir a otro. El entorno podría haber sido deficitario en sus capacidades de contención y de generar desconfianza. A veces, este tipo de estrategias están relacionadas con el manejo de vivencias y estructuras mentales impactadas por experiencias traumáticas. Otras veces, sin poder identificar claramente experiencias concretas traumáticas, nos encontramos con experiencias relacionales intrafamiliares en las que el adolescente o el niño no ha podido ser ayudado a manejar internamente su angustia por la propia dificultad de contención y las limitaciones en la reflexión de los adultos.

La ansiedad del niño se puede encontrar con unos padres o cuidadores que no pueden sintonizar con ese sufrimiento, contenerlo y darle un lugar en su mente para devolverlo transformado en algo más soportable a nivel emocional. A veces, la propia dificultad del adulto produce en el niño o adolescente un sentimiento de rechazo, por lo insoportable de la angustia tanto en uno mismo como en los otros.

El tratamiento de estos pacientes pasa, fundamentalmente, por un trabajo psicoterapéutico en que el adolescente pueda compartir el dolor y la ansiedad de una forma gradual. También que posibilite la mentalización de las situaciones emocionales y relacionales que producen emociones y sentimientos insoportables, impidiendo el pensamiento y el consiguiente paso a la acción.

 

2018-04-23T13:49:02+00:00